El reloj más bonito del mundo


– Mamá, ¿sabes que las ballenas tienen respiración voluntaria? – me dijo mi pequeño mientras mordisqueaba una albóndiga en salsa.

– ¿Cómo dices, hijo mío?

– Las personas tenemos respiración involuntaria. O sea, que respiramos sí o sí. En cambio las ballenas respiran sólo cuando quieren, y entonces es cuando se las ve echar esas nubes de vapor por el espiráculo.

“Bueno, ya está” pensé melancólica. “Hay una conversación que ya no puedo retrasar más, esta criatura es demasiado científica como para que…” Así que un par de noches después saqué el tema en la cena.

-Chicos, habrá que ir pensando en los regalos de Navidad. Porque Pablo, tú, cariño, ya sabes que el asunto de los Reyes Magos…

Y al pobre niño se le arrasan los ojos y se le anuda la garganta, no quiere saber pero tampoco quiere no saber. Parece estar diciendo adios al último barco que le ataba a la infancia. Su hermano le mira con pena mientras yo balbuceo lugares comunes: vamos hijo, seguiremos teniendo regalos para todos, verás como sigue siendo estupendo, en realidad esto es una historia que nos montamos los mayores porque nos emociona ver la ilusión de los niños esperando la magia y desenvolviendo los paquetes… Pero en el fondo sé que no, que la magia se acabó y nada será ya lo mismo. Ya no veré nunca más esa luz bailando en los ojos de mi niño, nunca más esa expresión de radiante sorpresa en su carita sedosa.  No sé quién está más triste de los tres.

El niño adulto se rehace y me pide: Mamá, ahora que soy mayor yo también quiero hacer regalos. ¿Puedo gastarme el dinero de mi hucha?

Durante unos días, la casa es un ir y venir de incursiones de incógnito a las tiendas de regalos. Coordinamos los horarios, estudiamos las costumbres, buscamos escondites secretos para nuestros pequeños tesoros. Y por fin llega la noche del intercambio de obsequios. Para el abuelo, para la abuela, para la tía, para el hermano…

– Y éste, mamá, es para ti

Pablo me mira con deleite mientras desenvuelvo mi paquete. Es un reloj. De pared. De plástico. Bastante anodino.

– ¿Qué te parece? Te lo he cogido para que te lo cuelgues en la oficina, porque como allí no tienes reloj siempre terminas tarde. Así podrás saber la hora que es y podrás volver pronto conmigo. ¿Te gusta, mamá? – Pablo me mira con sonrisa tímida y un cielo de chispas en sus ojos negros.

– Me encanta, hijo mío. Me encanta. Es el reloj más bonito del mundo – y le cubro de besos para darle las gracias por haberme devuelto la luz bailando en sus ojos y su carita sedosa de radiante sorpresa en la noche de Reyes.

reloj

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