El uno y el otro II (Nocturnos de la ventana)


SECUENCIA 2. EXTERIOR, NOCHE

El mismo cuarto a oscuras, los mismos dos hombres fumando asomados a la ventana, el mismo mar de tejados. Incluso, si me apuras, la misma luna redonda y luminosa (aunque de otra noche).

EL UNO, fuma despacito un porro. A lo lejos se escuchan las campanadas de medianoche; da una calada profunda y habla: ¿Has visto tú alguna vez el tiempo? Eh?

EL OTRO: Claro, tío. Lo ponen después de los deportes. Para mañana dan sol.

EL UNO: No, eso no. Digo el tiempo. Los minutos, los segundos. ¿Los has visto tú alguna vez? ¿Los has olido? ¿Los has tocao? Porque yo no. Ni tú… Qué se yo, igual algún día, en esos documentales que ponen en la tele, sale un pastor uzbeko o un pescador de Islandia y dice que ha visto el tiempo.

EL OTRO, cogiendo el porrito: No creo. Mira que salen cosas raras, pero eso, no creo.

EL UNO: Pues si no lo vemos, ni lo olemos, ni lo tocamos, ¿cómo cojones sabemos que el tiempo existe? A ver si va a ser como Dios. O como los Reyes Magos. A ver si va a resultar que el tiempo son los padres.

EL OTRO: joder tío, qué cosas dices. Que no te creas lo de Dios, tiene un pase. Pero que no te creas que existe el tiempo, manda huevos. Y entonces, ¿esa tripa que has echao, ese pelo que te falta, eso qué es?

EL UNO: las arrugas no son el tiempo. Ni las canas. Ni las campanadas de la torre. Eso son cosas que pasan. Pero no son el tiempo mismo. ¿Sabes lo que te digo? pasándole el porro.

EL OTRO: Pues sí, pero no. Tampoco has visto nunca el amor, ni lo has olido, ni lo has oído, pero el amor existe, coño que si existe. Y el desamor también. Y no me digas ahora que no te crees que exista el desamor, después de las noches que me estás dando desde que Carmela te dejó. Joder.

EL UNO:  No te pongas así, cabrón.

EL OTRO: Es que no entiendo a santo de qué me hablas de que si he visto andar las horas y que si he olido los segundos. No me jodas.

EL UNO, dando una chupaíta lenta al cigarrito: Carmelita. Que la he llamado esta tarde, para pedirle que vuelva, y me ha dicho que le dé tiempo. “Dame tiempo. Necesito tiempo”.  ¿Y cómo coño se lo voy a dar? ¿Cómo le voy a dar algo que ni siquiera sé si existe? Si no sé dónde guardo los calzoncillos, ¿te crees tú que voy a saber dónde he guardado el tiempo?

EL OTRO: las mujeres son la hostia. Siempre igual. Mi madre me hace lo mismo. “Mama, dónde está la camisa? En el armario. En el armario no está, mama. Que te digo que está”. Y voy, y miro, y no está. Y viene ella, y la saca del armario. Me juego lo que quieras que la Carmelita te hace lo mismo con el tiempo, que lo tendrá guardado ella en algún cajón y te lo estará pidiendo para que tú no lo encuentres.

EL UNO: qué cabrona, ¿no?

EL OTRO: pues sí.

EL UNO: no voy a encontrar su tiempo en la vida, ¿verdad?

EL OTRO: no.

EL UNO: pffffff mecagüenmismuertos

 

(si quieres leer el Nocturno I, ahí te lo dejo: “El uno y el otro“)

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