El uno y el otro.


(En el día después del FESCILA. Mi torpe homenaje a Antonio de la Torre, premio Florián Rey 2013)

 

SECUENCIA 1. EXTERIOR, NOCHE.

En un cuarto a oscuras, dos hombres fuman asomados a una ventana desde la que se ve un mar de tejados y, a lo lejos, una luna bien redonda y luminosa.

EL UNO: El dolor está sobrevalorado, amigo mío. No deberíamos temerlo tanto. No te digo el dolor físico, ése sí es jodido. Pero el otro, el dolor real, nos gana la batalla por puro miedo cuando en realidad nadie se muere de dolor de alma. Pásame el peta.

EL OTRO: A tí la maría te pone filosofo. Será porque rima. María – Filosofía.

EL UNO: Mi abuela decía “que no te mande dios todo el dolor que puedas aguantar”. Y es verdad, al final no es para tanto. No es para tanto.

EL OTRO, dando una calada al porrito: Ya te digo. Yo no me fío de los que pasan por la vida sin que les caiga el agua encima. Esos no pueden ser normales.

EL UNO:  Se mitifica el dolor, se mitifica. Los poetas le dedican libros enteros, sufren en canal, ahí, abiertos, destripaos. Y los artistas. Acuérdate del tipo ése que pintaba, el de la exposición

EL OTRO: Quién, ¿el Bacon?

EL UNO: El Bacon. Joder, y es que al final te acabas acojonando y te dices, “ostia, tanto dolor tiene que ser la polla”. Y te empeñas en no sufrir, ahí estás, luchando, luchando. Total,  ¿para qué? si sufrir es inevitable. Jode, pero sucede.

EL OTRO: y es bueno que suceda, compañero. Porque el que no sufre, no aprende. Toma, otra chupaíta.

EL UNO: Lo que yo no quiero ser es como esa gente que se pone un condón emocional, ¿sabes lo que te digo? un impermeable para que no les entre el sufrimiento. Porque entonces dejan de sentir.  Doler, no les duele. Pero ya no sienten tampoco la alegría, la emoción, la pasión eléctrica. ¿Para qué vivir sin carcajadas locas, sin palabras sinceras, sin atreverte a cantar una rumbita por si desafinas? A mí lo que me da miedo de verdad es eso, convertirme en un hombre de plástico, en un zombi de los sentimientos.

EL OTRO: Dí que sí, compañero.

los dos pierden la mirada sobre los tejados.

EL UNO: Entonces, ¿tú crees que volverá mi Carmela?

EL OTRO, cogiéndole el porrito: No, compañero, ésa no vuelve.

EL UNO: ya.

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