Llaves huérfanas


En la cómoda del comedor tengo un cajoncito lleno de llaves. Algunas van con su etiqueta, cuando me acuerdo soy una mujer cuidadosa. “Mamá”. “Dani”. “Inés”. Pero la mayor parte andan sueltas. Son llaves huérfanas. Huérfanas de puerta.

Desapareció la cerradura, o la misma puerta. Cambiaron los hábitos, mudó el paisaje. Se borró el recuerdo que asociaba la llave a su cerrojo.

Sea cual sea la causa del abandono, una llave huérfana ya no es una llave; es sólo un trozo de metal dentado. Perdida su utilidad, pierde su naturaleza. Es un destino trágico porque no cabe posibilidad de redención, no podemos llevarla al ferretero y decirle “tenga usted, haga que abra otra puerta”, no podemos usarla para abrir latas o hacer collares, no podemos darle un retiro digno. Sólo cabe lanzarla a la pira funeraria del cubo de la basura. O, peor aún, convertirla en un objeto de colección; frío, inerte, sin sentido. 

Y sin embargo, a pesar de la traición o la inconstancia o la burla del destino, la llave mantiene intacta la memoria de su cerradura atrapada entre sus dientes. Será eternamente fiel a la puerta que le dio sentido. 

No hay en el mundo historia de amor más trágica que la de una llave huérfana. 

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