Arañas discretas, pero arañas.


Una araña, pequeña y discreta pero araña al fin y al cabo, recorría la espalda del triunfador recortado en cartón pluma a tamaño natural que me daba la bienvenida a la sucursal de mi banco. Sobre la araña, por supuesto, se mecía una telaraña. Pequeña y discreta pero telaraña, al fin y al cabo.

En la pared del fondo, más allá de los grandes cartelones que anunciaban una buena vida y una inversión inmejorable, estaba colocado un tablón de anuncios, también discreto, como la araña, como la telaraña. En el tablón, toda la letra pequeña del banco. Porcentajes y números aparentemente inofensivos, como inofensivos aparentan ser los hipopótamos que dormitan en las charcas africanas. Claúsulas y subclaúsulas negras sobre un papel blanco sujeto con imanes, quizá porque si taladraran el folio con chinchetas se despertarían las fieras y devorarían al indefenso empleado que sólo cumplía órdenes, Ramírez, haga públicas nuestras condiciones.

Arañas discretas, telarañas imperceptibles, héroes de cartón pluma. Escenarios cuidados y bambalinas purulentas. Comisiones como meigas, que no existen pero haberlas, haylas.

No sé. Mientras firmaba la orden de transferencia pensaba que la pobre araña nunca sería consciente de que se había convertido en mi metáfora del día.

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