Rosaura


A los siete años me quedé prendada de Rosaura, “una muñeca como tú”. Durante semanas la admiré con la nariz pegada al cristal de la juguetería y llegado el momento la incluí en lugar preferente en mi carta a los Reyes Magos. El día 6 de enero descubrí con enorme decepción que Rosaura no estaba entre mis regalos.

Pero no me amilané, seguí soñando y deseando a Rosaura cada día durante un año. Imaginé mis tardes con ella, la visualicé los días de cierzo, los días de frío y los de bochorno de agosto. Volví a pegar mi nariz en el cristal de la juguetería y la incluí, otra vez, en mi carta a los Reyes Magos.

Llegado el 6 de enero Sus Majestades vinieron y me colmaron de regalos. ¡Y esta vez sí! ¡Ahí estaba Rosaura!

El día 7 de enero de mis ocho años, tras numerosos esfuerzos vanos,  tuve que admitir silenciosamente que Rosaura no era más que un trozo inmenso de plástico, que no sabía qué hacer con un objeto inerte demasiado grande para mí.

Coloqué a la muñeca en un rincón de mi cuarto, junto a mi cama y pasé un año entero mirándola cada día y pensando muy bien en lo que pediría en mi próxima carta a los Reyes Magos. Fue la última carta que les escribí:

“Queridos Reyes Magos:

Dejadme soñar de día y de noche, dejadme imaginar utopías y perseguir quimeras, pero no permitáis que mis sueños se hagan realidad. ”

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2 comentarios en “Rosaura

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