Control. Equilibrio. Pasión. Vida.


Me vais a perdonar pero me voy a poner pedorra. Solo un ratito. Es que hay una cosa que quiero compartir con vosotros, mis queridos (y queridas) inexistentes lectores (y lectoras).

Hace unos días encontré en un estante mi libro de “El Clave bien temperado” y estoy volviendo a tocar los preludios y fugas de Bach. A pesar de mi limitadísima ejecución y de mis reducidas facultades, no hay nada, ninguna pieza, ningún autor, nada comparable a esto. Escucharlo quizá pueda resultar duro a quien no tiene costumbre. Pero a mí me hace entrar casi en trance. Es un disfrute físico, o mejor mental, muy parecido al placer de abstraerse para resolver un problema matemático (esto lo digo sin una pizca de ironía). Me transporto a otra dimensión, voy volando de tonalidad en tonalidad a través de modulaciones infinitas en las que cada estación de llegada es a su vez un nuevo punto de partida hasta que, finalmente, y sin saber muy bien cómo ni porqué, termina el viaje y me encuentro de nuevo en el suelo deseando volver a montar en ese carrusel. Más o menos como la vida misma.

Y luego está toda la pasión contenida en la fría apariencia de estas piezas. Pasión pura que sólo se puede poner de manifiesto con un dominio total del cuerpo y de la mente, porque el más mínimo desequilibrio de los dedos o del peso del cuerpo, las más pequeña vacilación, cualquier tensión, destroza el resultado. Pero cuando el cuerpo y la mente del pianista están alineados, entonces la pasión fluye a chorros desde el centro del estómago hacia el universo.

Escuchad, si tenéis un poco de tiempo, a esta pianista tocando un preludio y fuga en Re menor. Primero mirad cómo se sienta, se coloca, se concentra. Y luego escuchad cómo toca.

Primero el preludio, luego la fuga. Cerrad los ojos y atended a la repetición del mismo tema y del contratema con una mano y con la otra, en una tonalidad aquí, en otra allá. Cómo la música se va deslizando de tonalidad en tonalidad, siempre igual pero siempre diferente, sin aparente solución de continuidad hasta que, en un momento dado, termina. Y miradla a ella. Concentrada. Controlada. Apasionada. Viva hasta el momento (metafórico) de morir.

Ahhhh, qué hermoso.

 

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