El osezno y las jirafas


Cuando llegó a la celda ya estaban allí: a un lado de la ventana, un osezno blanco jugaba con la nieve bajo un abeto. Al otro, dos jirafas estiraban su cuello hacia el sol poniente.  Durante veinte años y un día no tuvo más compañeros que el osezno y las jirafas. Al principio los mantuvo porque le hacían soñar con espacios abiertos. Después, simplemente porque mirarlos se había convertido en costumbre.

Un día, tumbado en su catre, tomó conciencia de que el osezno que él veía tenía que ser ya un oso adulto. Incluso un oso muerto. Los osos no viven tantos años como duran las condenas. El pobre osezno, congelado en una imagen fija, tenía en realidad un destino peor que el suyo, porque al fin  y al cabo él iba a salir un día pero el osezno no, el desdichado animal nunca conocería otra realidad que la de la nieve y el abeto.  Esta certeza alimentó su espíritu y le acompañó día a día, impulsándole a franquear la puerta de la celda con una sonrisa cuando por fin consiguió su libertad.

Cuando el cierre del cerrojo fue seguido por el ruido de los pasos que se alejaban de la celda, el osezno se puso en pie y llamó a las jirafas: chicas, ¿me pasáis un pito? a ver si nos dejan un rato tranquilos. Estoy hasta los huevos de este puto trabajo. Pues figúrate nosotras, veinte años con el cuello estirado mirando al sol.

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