Un camello, una luz verde y un puente de piedra


La noche era fantástica, fresquita y estrellada con ese frescor y ese brillo que tienen las buenas noches del Pirineo. El concierto había terminado así que mi hermano y yo regresábamos al hostal con los oídos llenos de JuJu, una mezcla de música tradicional africana y jazz. Yo iba pensando (como siempre).

Me encanta el Pirineos Sur. Es como un oasis negro en la alta montaña. Es un milagro que esta música, esta gente, estos olores, estos sabores hayan encontrado en el Sallent verde y alpino un nuevo contexto. Me gusta hasta el logo del festival, las jorobas del camello se confunden con las montañas y yo siempre he sido como un camello en un canalón

Ah, el Sur. No sé qué es el Sur , algo así como el principio y el fin, el útero materno y el final del arcoiris todo en uno. Vuelvo a Sallent y todo sigue igual, el puente de piedra sobre el riachuelo, los jipis con perros feos, grandes y flacos, las tiendas Quechua (menudo nicho de mercado encontró Decathlon con los festivales de verano), los puestos de artesanía, los jóvenes de hoy y los que lo fueron ayer pero todavía se acuerdan…

Mi hermano tiene una teoría -otro que también tiene teorías para todo-. Los jipis del mundo viven escondidos, camuflados, y una vez al año salen de sus madrigueras con sus perros flacos y acuden todos a Sallent para comprobar que sí, que siguen existiendo, aunque en el día a día no los veamos. Es como un acto de afirmación jipi.

Yo miraba al cielo, las mismas estrellas de siempre colgadas de los mismos alambres invisibles iluminaban mis recuerdos más que mis pasos. A la altura del puente de piedra nos paramos a hablar con un desconocido.  “Yo soy un gudari, ¿tú eres un gudari? No, pero yo tengo un par de cubatas”. Y entonces fue cuando vimos la luz. En concreto, una luz verde como de neón tras el ventanal del bar Epi. Ésa fue la señal.

Mi hermano y yo bajamos a la vera del río. “Os cambiamos dos cubatas por un canuto”. Mira tú para qué quería yo un canuto, si ni siquiera sé fumar. Un exlegionario bebía kas de naranja. Otro exlegionario, melenudo y desdentado, miraba a los ojos de mi hermano y le decía “Tú eres comercial. Sí, tú eres comercial. Pero te gusta demasiado el dinero”. La rubia se reía y le abrazaba, protectora. Un chavalito de la edad de mi hijo mayor decía saber tocar la guitarra, todavía tenía esa mirada sorprendida y sonriente con la que los adolescentes se acercan al mundo adulto. La morenilla, sentaba en el suelo, hablaba con un francés. No tenía ni idea de lo que le decía, ni falta que le hacía. Era guapo, Rachid.

Y yo lo miraba todo sentada en el banco y me miraba a mí misma desde las estrellas del Pirineo, a una altura que me daba vértigo, y pensaba “la vida es rara”. La vida es tan rara… ¡Y te da tantas oportunidades! Sólo tienes que atreverte a cruzar el puente de piedra y bajar a la vera del río.

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