Mi niño hombre y mi hombre niño


Pablete tiene ocho años y un nuevo reloj. Sereno, sensato, reposado, ávido de información, Pablo mira su reloj con el mismo arrobo con que yo lo miro a él. “¿Qué hora es, hijo mío?”. La pregunta enciende el brillo en sus ojos y una media sonrisa en su boca, aunque no puedo verlos bien porque toda su atención se dirige al chisme digital. “Son las cinco, trece minutos y quince segundos” me contesta solemne. Me pasaría la vida preguntándole la hora, sólo por ver a mi niño hombre arrebatado ante un reloj.

Alex es un adolescente de metro noventa, un animal hermosísimo que se entrega estos días, en cuerpo y alma, al carnaval. Un hombre niño que me despierta el sábado a media noche para que pueda verlo disfrazado de supermán. “Super Ámbar”, me dice, orgulloso del traje que lleva días preparando. “Pásatelo bien hijo, y ten cuidado con las chicas, que vas muy guapo”. “Que sí, mamá, que sí…” Vuelvo a cerrar los ojos y la capa roja de mi supermán me lleva revoloteando hacia el sueño.

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