¡Escuchad la voz de vuestro instinto!


Es de todos sabido que las mujeres tenemos la capacidad innata de hacer varias cosas a la vez y todas bien. Yo, por ejemplo, estos días ando con mi mente y mis energías puestas en mi partido sin por ello dejar de trabajar con todo mi empeño en esta empresa mía que me suele dar de comer e incluso, últimamente, me proporciona más alegrías que penas. Dedico tiempo a mis chiquillos, a mi familia, a mis amigos; leo, toco el piano, voy al cine… Dicho así, mis queridos inexistentes lectores, podría pensarse que no hay tiempo para más.

Pues sí. Aún puedo hacer otras cosas. Por ejemplo, ayer me fui a depilar al láser el bigotillo. Qué fuerte, ¿no? Es una cosa como muy íntima pero os lo tenía que contar porque es una de esas situaciones prosaicas que no consiguen ganar glamour ni siquiera envueltas en un tul de tecnología aséptica. En este mundo nuestro dominado por la imagen cinematográfica hemos olvidado valorar las situaciones de riesgo a través de otros sentidos, como el olfato o el tacto. Y claro, llegas a un gabinete de estética, tan blanco, tan limpio, tan mono, con una señorita esteticien de blanca bata tan limpia y tan mona, que te sienta en una camilla junto a un aparato digno de la NASA y te pone unas gafas de máxima protección UVA que ya quisieran para sí los caballeros Jedi de las Guerra de las Galaxias. Y ves que la señorita te rasura el mentón (por no decir que te pasa una cuchilla desechable BIC como las que usaba mi yaya Lola) y te embadurna con un gel ultrafino y se coloca a su vez otras gafas todavía más supercibernéticas. Y ya allí, en ese momento, cualquier capacidad de respuesta innata al peligro ha quedado completamente anulada. Porque tu instinto te dice “esto no puede acabar bien” pero tu mente te dice “tanta tecnología tiene que servir para algo”. Y tú le haces caso a la mente y a tantos años de sumisión dócil al poder establecido, y te quedas quietecita en la camilla, a ver qué refinada tortura se le ocurre a la señorita esteticién.

Pero nada te prepara para lo que va a venir: la señorita acerca un aparatejo a tu mentón (que, por si no os habíais dado cuenta, está muy cerca de los labios) y te descarga un flashazo que duele y quema. Mucho. Joder! ¿Ya está?  No. Otro. Y otro. Y otro, así hasta cubrir todo el mentón. Lo peor está por llegar. Porque ahora toca la zona entre la nariz (nótese: la nariz) y los labios (nótese de nuevo: los labios). Mecagüentóquesemenea! Aquí huele a pollo crudo! exclamo mientras me aseguro de que los dientes siguen en su sitio y no han cambiado de color. ¿A pollo? me pregunta educadamente la señorita esteticién. Sí, a pollo, igual que cuando requemas los plumones antes de meterlo al horno. Mujer, el mismo olor habrá que si te hubieras hecho las ingles! Puede ser, pero allí no tengo pegada mi nariz!  Es verdad, qué sabia es la naturaleza…

(conversación verídica de la que solo transcribo el comienzo. Os podéis imaginar la deriva que llevó el tema, incluyendo otras referencias al pescadito y al repollo).

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4 comentarios en “¡Escuchad la voz de vuestro instinto!

  1. Yo me tengo que hacer las ingles….pero brasileñas!. Y duele, ¡vamos si duele! y te reafirmo que ¡SÍ QUE HUELE A PLUMAS DE POLLO SOCARRADAS!

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