Carlos III, mi abuela Benita y el gato fosforescente


No me importa perder el tren en Madrid (de vez en cuando). Hay cientos de cosas interesantes que hacer muy cerquita de la estación de Atocha. Esta tarde, por ejemplo, me he paseado por el Jardín Botánico y allí he aprendido una lección fundamental: se llaman plantas suculentas aquellas que viven en entornos de gran escasez de agua. Tipo cactus. Si me hubieran preguntado por las plantas suculentas en Saber y Ganar yo me habría tirado más bien por las borrajas. Nunca se me han dado bien los concursos.

Al entrar al Botánico un cartel advierte al visitante: está abierto al público pero no es un jardín ornamental sino que tiene finalidad científíca y por tanto, condicionado a la ciencia. Y ahí ha sido cuando he entendido lo del gato fosforescente. Llevo tres días soñando con el gato brillante que han desarrollado unos científicos americanos. La foto que pongo es real.

Ya me conocéis, mis queridos inexistentes lectores, tengo el sentido de la piedad tan desarrollado que siempre voy con los perdedores (menos en el fútbol. Allí donde vaya Guardiola, iré yo). Así que empatícé inmediatamente con el gato fosforescente. Menuda putada para un gato. “Por la noche todos los gatos son pardos menos yo, que soy verde brillante”. ¿En qué pensaron los investigadores? ¿Habrá un ratón en el mundo tan tonto como para dejarse cazar por un gato luminoso? Y peor aún, ¿qué ocurrirá cuando un perro se coma al gato mutante? ¿se volverá, a su vez, verde?

Pobre gato. Lo miro y lo miro y me recuerda a la botellita de agua milagrosa que guardaba mi abuela Benita en la mesilla. Mi abuela Benita, ahora que lo pienso, también tenía cierta fijación por la fosforescencia. En su casa los interruptores eran circulares y brillaban en la oscuridad. Quizá los investigadores americanos y mi abuela Benita compartan ancestros. No sé. Pero sí recuerdo el miedo en estado puro que sentía yo cuando me acostaban en la cama de mi abuela, con su montañoso colchón de lana, el despertador de cuerda, la bula enmarcada de Pío XII (o así), el armario entreabierto y la virgen fosforescente que bañaba la habitación con un aura fantasmal.

Pero volviendo al gato, os decía que al visitar el Botánico lo he comprendido: seguro que cuando Carlos III decidió dedicar un jardín a la colección ordenada de especies hubo más de uno y más de dos que pensaron que era una tontería. Por eso, hoy voy a confiar en que un grupo de personas tan inteligentes como para conseguir introducir genes de medusa en un gato mutante tendrán suficiente criterio como para emplear de forma adecuada su tiempo y el dinero de los contribuyentes. Aunque no sé, también hay gente que emplea su tiempo y el dinero de los contribuyentes en llenar vírgenes de plástico fosforescente con agua milagrosa…

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4 comentarios en “Carlos III, mi abuela Benita y el gato fosforescente

  1. Oye tía… ¿Sabes donde me puedo hacer con la medusa o la cosa esa que pinta? Porque debe molar un montón ir al dancin disco todo verde y brillante sin que te de la luz, te lo flipas así todo verde seguro que te comes de todo, ratoncitas o gatitas… Y los que se toman los cristalitos o los polvitos seguro que les da un chungo de verte…

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