De peregrinos, obispos y filosofía.


Creo que debo disculparme. Sí. Pido perdón. Llevada por las pasiones perdí la serenidad y confundí el tiro. Si los peregrinos vienen a ver al Papa y eso les hace felices se merecen mi respeto. Cada cual satisface como mejor puede sus ansias de trascendencia y cada uno busca el mejor modo de contestar las grandes preguntas: quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos.

Viendo en la televisión las imágenes de los cientos de miles de asistentes a los actos (¿cómo, por otra parte, no verlas si eran ominpresentes?) pensé que si en lugar de una reunión de católicos hubiera sido una concentración de anglicanos o de luteranos, yo hubiera tomado una actitud bastante más pacífica.

La piedra de toque no está en los asistentes sino en los organizadores. Y es que, parafraseando a Maruja Torres en su artículo dominical, “los laicos no somos rencorosos pero tenemos muy buena memoria”. La Iglesia Católica se convirtió hace muchos siglos en un poder represor que decidía sobre vidas y haciendas, llegando a su momento álgido con el régimen nacional-catolicista del dictador que nos devoró social y personalmente durante cuarenta años.

Por otra parte, no es solo una cuestión de memoria histórica, ojalá fuera sólo eso. En la actualidad la jerarquía eclesiástica sigue gozando de una posición privilegiada. En realidad, la iglesia católica ya no es un “prescriptor de comportamientos sociales” para una mayoría de españoles, sean católicos o no. Lo que se traduce en que la opinión de los sacerdotes no es determinante en las vidas cotidianas de la gente. Esto gustará más o menos pero es así. Sin embargo, nos guste o no (a muchos no nos gusta), la iglesia católica sigue siendo un inmenso y muy bien organizado lobby que tiene capacidad de decisión directa sobre bancos, ministerios, hospitales,  escuelas… Una palabra de los cardenales hace peligrar una ley, mueve millones de euros, decide una política estatal.

Aún más, me dán más miedo las corrientes subterráneas de la jerarquía que las manifestaciones a micrófono abierto. Temo su poder y lo rechazo porque carece de cualquier fundamento democrático. La jerarquía eclesiástica se constituye en un poder en la sombra, amparado en que cuenta con una enorme base social. Pero esa base social está integrada por ciudadanos que votan, y que por tanto ya cuentan con sus representantes democráticos. Que serán del PP, del PSOE, de CIU o de donde sean, pero en ningún caso son los obispos.

Este mezclar churras con merinas, esta politización de la religión no favorece en nada a la iglesia. Están pagando justos por pecadores. Y ya no faltaba más para que se nos hinchara la vena a los ateos que escuchar que los males de la sociedad vienen del relativismo moral que impera en nuestros días. O sea, que hemos entrado en crisis por esta tontería que nos ha dado de querer vivir y dejar vivir.

Relativismo Moral. He ahí el gran mal del mundo, según sus filósofos y teólogos. ¿Qué es el relativismo moral? Básicamente, no contar con un principio inamobible al que someter las decisiones morales fundamentales. Según esas teorías, todo aquel que no fundamenta su moral en la existencia de dios es un relativista. La cosa funciona así: dios nos indica qué está bien y qué está mal, y sometiéndonos a su criterio infalible obtendremos una moral recta. Si renunciamos a ello, si consideramos que pueden existir distintas opciones (que no hay absolutos, sino relativos), entonces cualquier intento de construir una moral solida es inútil y nos hundimos en una crisis de valores.

Ahora bien, en mi opinión el argumento es erróneo. Si basamos nuestra moral en el criterio divino ¿qué sucede cuando el criterio cambia? Seamos honestos, a lo largo de la historia dios ha cambiado muchas veces de opinión. Al principio, cuando el señor se aparecía con frecuencia (unas veces en forma de rayo, otras en forma humana), la voluntad divina era caprichosa, sanguinaria y vengativa. Basta con leer la biblia para verlo. La cosa no mejoró mucho después, cuando el señor pasó a manifestar su voluntad únicamente a través de sus representantes en la tierra. Quizá no fue culpa del señor, sino de que los hombres (nunca mujeres, qué raro) no supieron entender sus mensajes. Sea como sea, la voluntad divina ha sido errática, ahora entramos en guerra, ahora no, ahora permitimos el matrimonio en los sacerdotes ahora no, ahora las mujeres no tienen alma ni los negros ni los chinitos, ahora sí… Bueno, no es momento de entrar a criticar, un error lo tiene cualquiera. Pero volviendo al relativismo, ¿hay una moral más relativa que la que se basa en la interpretación de la voluntad divina? Me temo que no. 

Ahí estamos, enfrentados al abismo de la imposibilidad de contar con una moral absoluta. Y es que, queridos obispos, la vida es demasiado compleja como para encasillarla en categorías. Podemos clasificar y ordenar los insectos, los números, las flores. Pero los comportamientos humanos, no. Eso es ir contranatura. Y además no tiene objeto, porque la crisis actual está mucho más relacionada con los sinvergüenzas de las agencias de calificación y otros pájaros por el estilo que con que la gente aspire, simplemente, a ser feliz.  

La filosofía enseña mucho. La historia también. Otro día os cuento mis teorías sobre cómo el momento actual es una reedición de la crisis del 98. Pero hoy no, que ya tenemos todos bastante calentón de cabeza. Lo siento, es culpa mía.

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2 comentarios en “De peregrinos, obispos y filosofía.

  1. Yo creo que lo de ser creyente, es un lio malo,ahora es pecado, más tarde no. Te confiesas y listo para hacer otra. Ala ciencia ni caso, a la hogera con ellos.

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