La llamada de la selva


Arde Londres. Arden los mercados. Arde la díscola prima de riesgo. Arde la alegre muchachada católica, expectante ante la visita de su líder espiritual. Son todo meros hechos coyunturales cuya intensidad nos hace apartar nuestra atención de lo verdaderamente importante: las moras ya están en su punto de sazón, las tardes comienzan a acortar y mi perro está enamorado.

Sí, mis queridos inexistentes lectores, mi Simba ha escuchado la llamada de la selva y pasa sus días y sus noches (y las mías) entre aullidos y lamentos, esperando la más mínima oportunidad para visitar a su amada. Que no es otra que Cuca Linda, la perra de Lainés.

Cuca Linda solo tiene de lindo el nombre. Es una perra fea. Lista sí, simpática sí, pero fea. Ya sabes mi opinión sobre tu perra, amiga. Ah, el amor es asi, hace hermoso al objeto del deseo. Y Simba estos días es un huracán de deseo, un latin lover, un macho mononeuronal.

Mi consuegra se muestra inflexible y se opone a que Simba y Cuca consumen su amor. A mi me parece una crueldad. Aunque es verdad que no sé qué cosa podría salir del cruce de mi Simba y su Cuca. Pero claro, ¿y qué hay de la pasión? Y su Cuca, perdonad que os lo diga, es bastante fresca. Se pasea delante de mi perro meneando el rabo, le pone ojitos, juguetea con su corazón… Eso no hay macho que lo resista.

Le dije a Lainés: ¿por qué no la esterilizas? Ah, no, no. De eso nada, que la ligadura de trompas le cambiaría el carácter. Me gusta la perra así como es, independiente y libre. Ni siquiera le pongo el chip, eso coartaría su libertad individual, la convertiría en una perra sometida al sistema, eternamente vigilada por una Administración Gran Hermano, una perra sin libre albedrío, una mera perra-peón en una sociedad deshumanizada (quizá sería más correcto decir “desperrada”).

Pues nada, a aguantar mecha para que no le cambie el carácter a la perra. Mientras Cuca sobrelleva sus ardores en soledad, yo desfogo a mi Simbica con largos paseos al atardecer entre hinojos y zarzamoras.

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