Adios, Licesio, adios


Murió Licesio y atravesamos media España para ir a despedirlo. Murió Licesio tal y como había vivido, sin prisa y a su manera, rodeado de toda su familia. “Mi padre nunca fue de madrugar”, decía mi amiga Lainés. Por eso esperó a la media mañana para morir tranquilamente. Y en sábado, para no molestar. 

Las despedidas son importantes porque necesitamos trazar una raya imaginaria que nos separe para siempre de esa persona a la que queremos y que ya no nos acompañará más. Llegados a una cierta edad, además, los entierros tienen un carácter acumulativo: lloras al muerto presente y a todos los que ya enterraste. Es un momento de reencuentro con tus ausentes. Por todo eso, y porque me estoy volviendo una vieja cascarrabias, me repelen los funerales católicos. No es por el hecho religioso (entiendo que la muerte es un momento natural para refugiarse en las creencias en el más allá, así que asisto disciplinada y respetuosa a la misa). No, no, no es eso. Lo que sucede es que llegas a la iglesia, con tu ser querido metido en un féretro y el corazón acongojado, pensando que hasta hace unas horas lo tenías junto a ti y que en pocos minutos estará bajo tierra, y entonces un señor mayor vestido con un hábito blanco comienza a hablar de los saduceos, de los corintios, de la resurrección de un buen hombre llamado Lázaro que vivió hace más de dos mil años. El señor mayor habla y habla y habla pero no dice nada sobre ese que está metido en el ataud y al que tú adorabas. El señor mayor, que por definición no conoce el amor carnal, ni el amor a un hijo, intenta aliviar tu dolor hablando de la redención del fin de los días y del amor a Dios. Pero poco o nada sabe decir sobre ése a quien los que estamos sentados en los bancos queremos despedir. Quizá a los creyentes ese enfoque les sirva, pero a mí no.

Licesio asistía impasible a su funeral en la pequeña iglesia de piedra. Se mantenía, como siempre, en un discreto segundo plano. Pero cuando lo trasladamos al cementerio y lo metimos en su panteón, y lo cubrimos de flores, su nieto y su yerno tuvieron hermosas palabras de despedida para él y los que allí estábamos le regalamos un último aplauso. Entonces el enterrador se acercó y habló: “Licesio el relojero era un hombre extraordinario. Durante años se encargó de afinar el carrillón del Ayuntamiento utilizando sólo alambres que él tensaba manualmente. ¡Sólo alambres! Sólo alambres.” El enterrador se alejó, cabeceando. Y los que allí estábamos nos quedamos mudos, considerando la magnitud de la proeza de Licesio.

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3 comentarios en “Adios, Licesio, adios

  1. Me adhiero por completo al sentido homenaje a Licesio.
    Nunca olvidaré aquella Navidad con él, cuando su sola presencia fue un bálsamo detranquilidad y de control del tiempo que nos dejaba en paz con nosotros mismos.
    Por Licesio.

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