Por navidad, vuelvo al Zú


Las navidades me provocan sentimientos encontrados. Las adoro y las odio a la vez. Nochebuena y Navidad me resultan alegres por los que están y tristes por los que se fueron, pero entrañables siempre, con el frío en la calle y el calorcito de una cocina repleta de cacharros, olores y manjares. Me gusta tener a mi familia alrededor alegre y feliz, me encantan las inocentadas del día 28 y tengo en la mayor de las reverencias a Sus Majestades Los Reyes Magos, únicos monarcas del mundo que cuentan con mi total respeto y veneración. Cada año, cuando escucho a Baltasar hablar desde el balcón del Ayuntamiento se me escapan las lágrimas. No importa lo que diga.

Pero las navidades tienen sus contrapartidas. Los anuncios de perfumes, por ejemplo. Para qué sirve un anuncio de perfume si no lo puedes oler. O los villancicos que ponen en el hilo musical de los supermercados, unas veces cantados por una cuadrilla de niñas histéricas de Puerto Llano y otra por jovencitas del Bronx que se ahogan en sus propios gorgoritos. A la hora de comprar la merluza y el foie de canard no soporto ni el rucurrucu de las panderetas ni las campanillas anglosajonas. Los híbridos (Rosa de España loando al espíritu de la Navidad a ritmo soul) despiertan en mí instintos asesinos.

Y no digamos nada del despliegue de luz y color en las ventanas, los papanoeles suicidas y los niñosjesuses ondeando en una bandera roja, que parece que le ha pillado un paparazzi haciendo nudismo en Galilea. Por ahí no vamos bien. Como tampoco vamos bien enviando y reenviando por correo electrónico esas presentaciones de dos megas sobre el amor y la felicidad con la canción del Titánic de fondo y fotografías de gatitos y/o atardeceres. Siento la crudeza, mis queridos inexistentes lectores, pero siendo sincera ahorramos tiempo: entre la monada y la moñada sólo existe una breve línea que es mejor no arriesgarse a cruzar.

Luego está el suplicio de los cotillones y el felizañonuevo a propios y extraños, esos que te besan sonoramente cuando aún no te han llegado las uvas al píloro pero que no te saludan el resto del año. Por eso, y según la máxima almuniense según la cual el primer año es novedad y el segundo tradición, el día 30 pongo tierra de por medio y me marcho. Vuelvo al Zú. A La Anzelma, a tocar parmas zorditah en la Carbonería y a desayunar café con tohtáh por un euro y medio. Como una reina. Ya me he comprao un vestío lleno de flecos y estoy practicando: arsa mi niño…

Qué bien. Por cada campanada, un paso sobre el puente de Triana. Abajo, el rumor del río, muy cerquita la Torre del Oro y a lo lejos el olor de los churritos recién hechos.

Felices Fiestas, amigos. Y que el 2011 tenga con nosotros la compasión que no tuvo su predecesor.

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2 comentarios en “Por navidad, vuelvo al Zú

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