Las grandes decisiones


Cuesta admitir que a la hora de tomar grandes decisiones o de fundar nuestras opiniones más esenciales nos guiamos antes por nuestras tripas que por nuestro cerebro. Los expertos en marketing lo saben bien: las decisiones de compra en un supermercado se toman en fracciones de segundo. Ante una estantería repleta de cajas de galletas la decisión de seleccionar una marca u otra no depende del sabor de la galleta (que no pruebas) sino del golpe visual que provoca el envoltorio, de la altura a la que está colocado en el estante, de las sensaciones que obtenemos en el microsegundo que tardamos en recorrer con la vista los lineales. Ahí se juega la elección.  Sólo después, cuando pruebas las galletas en tu casa decides si te gustan o no. Salvo que sean extremadamente asquerosas, su sabor no te hará cambiar de decisión cuando vuelvas al supermercado.

Algo así pasa a la hora de votar o de apoyar a un partido político. Apoyamos o despellejamos a Rajoy o a Zapatero por su forma de hablar, o por el brillo de su mirada, o por su atractivo personal. Raramente encontraremos un votante que no esté movido por este tipo de argumentos intuitivos, aunque además tenga otros argumentos racionales que lo complementen. De hecho, hace tiempo que los expertos en marketing político optaron por la estrategia de la “personalización”, haciéndonos identificar al todo (el partido) con la parte (el líder), porque es mucho más sencillo generar sentimientos de afinidad hacia una persona que hacia una organización.

Dicho esto, he tratado de leer la entrevista que Rajoy concedió al País el domingo pasado y no he sido capaz de terminarla. Me retuerzo. Asumo que en mis retorcijones influye enormemente mis percepciones irracionales y subjetivas. Pero también influye mi lado racional: lo que dice este señor me parece una tomadura de pelo, como poco. Su principal línea programática es “recuperar la confianza” en el país. Para lo cual propone, en la vertiente económica, reducir el déficit público con medidas que disminuyen los ingresos sin reducir los gastos (la cuadratura del círculo). En su vertiente social, eliminar el matrimonio homosexual o la reforma de la ley del aborto. En su vertiente laboral, desarrollar un plan como el de Cameron pero sin que ello implique reducción de los empleados públicos. En la gestión de la corrupción política, agradecer a los malotes que pidan perdon y juren por la crucecita del niño Jesús que no se volverán a portar mal.

Si es así como va a conseguir la recuperación de la confianza, y encima la gente le vota, me corto las venas.

Y encima viene Ratzinger (que se ha cambiado el nombre, ahora se llama Benedicto. Tócate los cojones, Mariamanuela) y clama por la vuelta de la mujer a su hábitat natural, que es el hogar. Pide protección para los matrimonios que se ajusten a la ley natural -que, como todos los estudiantes de primero de derecho saben, es un concepto falaz y superado desde hace siglos-. Ruega por que España abandone su cruzada contra la clerecía. Se indigna por el aborto, por la eutanasia, por la laicidad y por el abandono de las buenas costumbres. Se olvida de mencionar a los pederastas y a los hijos de puta que nos tuvieron sometidos, vejados y empobrecidos durante cuarenta años (por no hablar de los dos mil años anteriores). Y de todo esto lo que más me enciende, de nuevo, no es el mensaje sino la vocecilla temblorosa y cuitada de Benedicto. Vuelvo a confirmar mi tesis de que las opiniones se toman en microsegundos movidas por percepciones puramente subjetivas, aunque luego las reforcemos con argumentos racionales.

En vista de lo cual he decidido no ver imágenes de la visita de Ratzinger a España. Me irrita el colon.

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2 comentarios en “Las grandes decisiones

  1. Puestos a cribar malos malísimos, no hay mucha diferencia entre ellos: Hoy el Beneditto con su dios y sus dioses, repartiendo caña por la descreída Hispania.
    No hace tanto, el franco Franco corretendo su España bajo palio, como dios.
    Entre medias, arreglándonos la vida el clan Rajoy-PPvisión.
    .

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