El eterno dilema


Me encuentro sumida en un terrible dilema al que no encuentro solución, mis queridos inexistentes lectores. En una de esas largas noches de verano, regadas por abundante vino y envueltas en el humo amigo de las conversaciones cómplices, un vidente leyó mi futuro en las líneas de mi mano. El vidente en cuestión es un buen amigo que me ha demostrado en muchas ocasiones que debo fiarme de sus percepciones sensoriales y extrasensoriales. Ya lo sé. Soy atea y no creo en espíritus ni en fantasmas ni en energías. Pero chicas, qué queréis que os diga, en esta vida no siempre nos guiamos por decisiones racionales (fijaos en las sandalias romanas que nos han invadido este verano: si ponernos esos horrores que acortan las piernas y afean la figura es una decisión racional, apaga y vámonos).

Además, que mi espirituoso amigo no es un vidente al uso. Sólo te lee la mano cuando él quiere. Y sólo te dice lo que él te quiere decir. A mí no me la quería leer. Me cogía la muñeca y la masajeaba mientras hablábamos de cualquier cosa. Y de pronto, cuando la luna veía cómo se vaciaba la cuarta botella de rioja, miró la palma de mi mano y me dijo tres cosas: vigílate la vesícula, la tienes tocada; has pasado graves crisis económicas pero tu futuro material va a ser muy próspero; nunca volverás a tener marido (bueno, él dijo “macho alfa”).

No volví a pensar en el tema porque la noche acabó con un buen dolor de cabeza. Pero el otro día, después de pasar una mala temporada con mi estómago y mis digestiones, el médico me dijo que tenía la vesícula tocada. Y de pronto todo empezó a dar vueltas a mi alrededor. Porque si la profecía número uno se ha cumplido, entonces tengo que dar crédito a las otras dos. Claro, ya estamos aquí: si decido creer, entonces seré asquerosamente rica pero nunca volveré a conocer el verdadero amor. Y si decido no creer, y confiar en que encontraré al Hombre de mis Sueños, entonces deberé resignarme a vivir en la miseria.

¿Es o no es un dilema irresoluble? Creer o no creer. Que, por otra parte, no me digáis que no os da yu yu la cosa, es fuerte que te cojan de la mano y te digan “tienes la vesícula tocada”. Ya podía haberme dicho “mira, el teléfono de George (Clooney) es el tal tal tal”. Puestos a adivinar… Aunque quizá -y es sólo una posibilidad remota- no esté en mi destino conocer a George. Pero entonces, volvemos a lo mismo ¿tenemos el destino escrito en nuestra mano o no? ¿me haré asquerosamente rica o conoceré al hombre de mis sueños? La incertidumbre me corroe.  Y encima, de momento, ni una cosa ni la otra. Se ve que el futuro todavía no está aquí.

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