El crepúsculo del calentador de agua


No sabes valorar lo que tienes hasta que te falta. Lo digo porque el viernes falleció mi calentador de agua (no supimos ver los síntomas de agotamiento extremo del pobre aparato y cuando quisimos reaccionar ya era demasiado tarde). Por supuesto, falleció en viernes. Por supuesto, el fontanero vino tarde. Por supuesto, llevamos cinco días sin agua caliente, mendigando una ducha a la abuela, a la amiga, a la amiga de la amiga. Por supuesto, hay que esperar la pieza de recambio. Que, por supuesto, vale una pasta gansa. Por supuesto, el fontanero me jura por sus hijos que vendrá a las tres. Son las seis y no ha venido, así que probablemente interpreté mal sus palabras, en realidad se refería a que vendrá a la de una, a la de dos y a la de treeeeeessss.

Esto de no tener ducha puede ser muy embarazoso; ayer me sentía ya como una mendiga de esas que van por Nueva York empujando carritos de la compra llenos de bolsas de plástico. Esta mañana he decidido lavarme el pelo con agua fría y me crujía el cerebro. Ahora tengo el pelo limpio y una tos de caballo. 

Mientras me lavaba el torso (qué bonita palabra, el torso) mirándome al espejo me acordaba de mi abuelo Manuel, que se lavaba así cada mañana. Mis abuelos reformaron su casa a finales de los sesenta y se prepararon un moderno cuarto de baño, enorme y luminoso, alicatado en azul, con una bañera inmensa cerrada por una cortinilla de plástico. Hasta donde yo sé nunca nadie usó la bañera para darse una ducha o un baño. Mi abuela guardaba allí los baldes y las fregonas, y también el papel de la farmacia que utilizaba, cortado cuidadosamente, como papel higiénico. Le parecía mejor y más barato que el papel del Elefante, aunque limpiarse con ese papel reciclado era una odisea porque el papel estaba tan satinado que resbalaba todo, y no había forma humana de llevar a buen término la misión. Por eso todos preferíamos usar los recortes del Heraldo, que agarraban mejor y eran más amenos.

Os decía que mi abuelo nunca estrenó la bañera: se lavaba todos los días en el lavabo. Yo me sentaba en el borde de la bañera y le veía quitarse primero la camisa y luego la camiseta de tirantes, blanca y desbocada. Lo hacía todo con calma porque mi abuelo Manuel nunca tuvo prisa para casi nada. Llenaba el lavabo con agua y se lavaba cuidadosamente. Me miraba a través del espejo y comenzaba a chapotear y a soltar bufidos y exclamaciones para demostrarme lo fría que estaba el agua. Cuando ya tenía toda mi atención, me recitaba solemne su frase favorita en esa situación:

“y te lavarás los pies
cada dos meses o tres
(aunque no haga falta)”.

Entonces se reía y sus ojos casi desparecían entre las arrugas de su cara. Después seguía con el ritual de limpieza y afeitado. Así, cada día, siempre en el momento preciso en que mi abuela le daba la orden: “Manuel, vete a asearte”.

Ahora yo también estoy pensando en lavarme los pies cada dos meses o tres. Incluso aunque no haga falta. Y suelto bufidos frente al lavabo. Soy una floja. Lo sé. Pero echo de menos mi agua caliente.

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