Viento de levante y viento de poniente


Estas vacaciones he aprendido mucho sobre geografía física y humana. La importancia del viento, por ejemplo. Quizá no lo habéis pensado, pero seguro que los que vivís en Zaragoza (capital o cuarto espacio) os sentís incómodos cuando el cierzo azota  pero la ausencia total de viento os vuelve irritables o impacientes. No podemos vivir sin aire, entendido a la manera aragonesa.
En Valencia están sometidos al viento de levante. Es la única explicación racional que se me ocurre para justificar ese exceso, ese desorden en el que los valencianos se mueven como pez en el agua. En Valencia los colores brillan más y está inundado de estímulos sensoriales. Donde la naturaleza no llega, llega el hombre. Flores, esmaltes, baldosines, minifaldas, rubias de bote, puentes fabulosos, iglesias barrocas. En las rotondas las corporaciones dan rienda suelta a su creatividad levantina. Los pueblos no tienen fin: levante es una colonia urbana infinita donde se mezclan sin piedad pisos, polígonos industriales y centros comerciales con los últimos vestigios de la huerta y los naranjales. Los nombres de los pueblos son para mí inasibles: Alfafar, Benetuser, Benimaclet, Sedaví. Del uno al otro, sólo una calle.
Valencia es pura vida y tiene unas playas preciosas pero para mí, hija del secano y de la ausencia de población, resulta excesivo. Más de tres días me saturan.
Cádiz también sufre del viento de levante. Cuando el levante sopla, nada se queda en su sitio. Ni la arena de la playa, ni las sombrillas, ni los tendidos. Pero Cádiz está a caballo entre el Mediterráneo y el Atlántico. Del Atlántico y de Marruecos viene el viento de poniente. Así que unas veces el viento sopla de un lado y otras veces sopla justo del contrario. Yo creo que esa y no otra es la explicación por la que los gaditanos se sientan tranquilos a ver la vida pasar. Y por eso su cuerpo es apacible pero su ingenio es desbordante. Por eso, también, todo está ordenado. Las playas son sólo playas, entornos vírgenes donde las dunas crían flores. Los campos son inmensos. Ves al pasar caballos, toros, vacas, cabras. Ves alcornocales. Ves pueblos blancos. Hasta las rotondas tienen encanto. Y cuando hay desorden, está medido. Como si no quisieran alterar el curso natural del ciclo de la vida.
En la caleta de Cádiz se puso el sol lentamente, mientras Pablo y Alejandro recogían cangrejos por la orilla. Y cuando el sol casi se ahogaba en el mar, vimos un destello verde. Es sólo un segundo, pero todos los gaditanos lo conocen porque llevan toda la vida sentándose en la playa al atardecer.

Esto es San Lucar de Barrameda al atardecer. Los caballos pura sangre corrían por la playa.

Trafalgar, donde se juntan el Atlántico y el Mediterráneo. Las dunas crían flores.

Y estos dos son mis dos amores. No me digáis que no les sienta bien la playa.

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2 comentarios en “Viento de levante y viento de poniente

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