La ley de la oferta y la demanda


Esta nueva reencarnación que me ha tocado vivir también tiene sus lados positivos, como no podía ser menos. Uno de ellos, y no el menos importante, es una especie de retorno a la adolescencia en el que estoy acompañada (azares de la vida) por mi amiga Lamari.
Volver a los diecisiete después de vivir un siglo es duro por momentos pero otras veces es francamente divertido. Lainés y su santo, nuestros amigos del alma, escuchan ligeramente escandalizados nuestras conversaciones de quinceañeras. Pero la culpa la tienen ellos, por habernos abierto la puerta a un hecho fundamental: volvemos a estar en el mercado.
Ah, claro, es un mercado peculiar, porque eres a la vez oferta y demanda. Como oferta, pongo sobre la mesa lo que hay. Tengo mis puntos débiles pero los escondo detrás de una sonrisa radiante y un canalillo estupendo (esto funciona, chicas). No es mucho, la verdad, pero suele bastar. Pero como demandante, soy muy exigente. A mí sólo me gustan los machos alfa. ¿No sabéis lo que es un macho alfa? Eso es porque no véis los documentales de la 2. Bien, os pondré un par de ejemplos: si fuera leona me ligaría al papá de Simba, el rey león. Si estuviera en un avión secuestrado por terroristas chiítas me ligaría al héroe que después de encerrar a los secuestradores en la bodega y cortar los cables de la bomba en el último segundo consigue hacernos aterrizar sanos y salvos pilotando un boeing por primera vez en su vida.
Pensaréis que si es eso lo que busco no tengo nada que hacer y es verdad, pero no por lo que pensáis. No es un problema de oferta sino de demanda. Quiero decir, que como oferta soy una excelente jugadora de mus: voy de farol pero si hay baza me la suelo llevar. Lo malo es que no suele haber baza. Por qué, os preguntaréis. Porque los reyes leones son como los vestidos de la talla 42: a todas nos sientan bien y son los primeros en desparecer de la tienda. Así que cuando vas a comprar en periodo de rebajas, sólo te encuentras tallas 36 que no te entran por las caderas. Y si hay una 42 seguro, seguro que tiene tara. La única posibilidad de hacer una buena compra es que una loca haya decidido devolverlo a la tienda justo cuando tú entras por la puerta dispuesta a comprar. Además, ya sabéis todas lo fácil que es caer en la tentación de las rebajas y volver a casa con un jerséy monísmo pero enorme o con una camisa sin botones que no te sirve para nada pero estaba tirada de precio. Hay que tener la cabeza muy fría para no dejarse llevar por la psicosis del saldo.
Qué dura es la vida de las quinceañeras de segunda vuelta. Señor, señor.

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