El azar y la voluntad


A menudo, vivir (una Navidad) sin sobresaltos depende más del azar que de la voluntad, porque los sucesos más dolorosos son imprevisibles o incontrolables. Imprevisible es engordar dos kilos en una semana y que no te quepa el supervestido ceñido para nochevieja que te costó un riñón, o que la propia nochevieja se arruine porque el cotillón resultó ser un coñazo, o que te visiten todas las tías del mundo. Incontrolables son esos amigos o cuñaos insoportablemente aficionados a enviar mensajitos con el móvil, las galas navideñas en la televisión, los hilos musicales de villancicos cantados por niños insufribles que ya deben tener cuarenta años, a juzgar por lo repetitivo de las cancioncitas.
No obstante, los actos de voluntad pueden mejorar sensiblemente una navidad. Yo, este año en que se me toleran los caprichos en atención a mis circunstancias, he tomado dos decisiones radicales que sin duda han contribuido a que las navidades en plaza de los toros dieciséis hayan sido razonables. La primera decisión fue decir NO a una amenaza de invitación. Este año a mi casa no viene más que quien yo quiero que venga. La segunda decisión fue decir SÍ a una propuesta: nochevieja en Sevilla. Mis hijos con mi madre y yo con mis amigos.
Las dos decisiones tuvieron su coste emocional, pero las dos decisiones fueron, finalmente, las más adecuadas. Así puedo decir sin dudar que un acto de voluntad ha contribuido a que nuestras navidades pasaran, finalmente sin sobresaltos.
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