Adios, mi amor


Creo que a estas alturas ya lo sabéis todos, mis queridos inexistentes lectores: Jesús, mi Jesús, ha muerto.
No puedo creerlo, pero ya no duerme a mi lado ni huelo su olor, ni oigo su voz, ni siento sus besos y sus abrazos. Me siento como una tonta.
Se ha ido. Mi amor se ha ido. Me da igual llorar que no, porque no volverá.
Como regalo nos ha dejado su recuerdo imborrable, su visión de la vida, su potencia y, sobre todo, su amor. Ya sé que para muchos eso parece una merengada impropia de un hombretón como él, pero Jesús nos ha querido con locura a mí, a nuestros hijos, a nuestra familia, a nuestros amigos. Nos ha querido y nos lo ha demostrado. Por eso nos ha dejado tan tristes.
He buscado su olor y su calor en cada uno de los abrazos que he recibido hoy. Abrazos de hombres y de mujeres, de viejos y de jóvenes. Abrazos de altos, de bajos, de conocidos, de desconocidos. Abrazos sentidos, abrazos de cortesía, abrazos de consuelo, abrazos desconsolados. Pero en ninguno estaba Jesús. No era su piel, no era su olor, no era él. Ya no está él. Mi amor se ha ido. Sé que no era lo que quería, pero se ha ido.
No necesito a Jesús para vivir, pero era con él con quien quería pasar cada minuto de mi vida y con quien me hubiera gustado sentarme en un banco a ver atardecer por última vez, los dos juntos. Mis planes no suelen funcionar, ya se ve. Estoy rabiosa. Estoy confundida. Y, aunque estoy rodeada de amigos y de mi familia, y de mis hijos, y sé que puedo contar con todos, me siento sola.
 
Ésta es la carta que le escribí ayer, para que la leyeran hoy en la ceremonia -civil, por supuesto, como él querría y yo también-. Ha sido un acto muy emotivo y verdaderamente nos ha dado consuelo a todos. Cuando consiga los otros textos que han leído, los pondré también aquí para compartirlos con todos vosotros, mis queridos inexistentes lectores.
 

Mi querido Jesús:

pocas veces te he tenido que escribir una carta porque no me hacía falta: tú siempre estabas a mi lado y podíamos hablar horas y horas, de cualquier cosa. No he hablado nunca tanto con nadie como contigo.

Ahora, mi amor, te tengo que decir adiós. Adios, mi compañero, mi cómplice, mi amante, mi amigo. Adios, padre de mis hijos, adiós a mi jefe, adiós a mi electricista particular, al que me llevaba las bolsas y me colgaba las cortinas. Adios, amor mío.

Eras tan poderoso y tenías esa voz y ese porte tan imponente que muchos de los que no te conocían te tenían miedo. Pero no hacía falta pasar ni un minuto a tu lado para saber que tú eras un hombre entrañable, el mejor amigo de tus amigos, generoso y totalmente creativo. Nada podía detener tu fuerza creadora. Daba igual que se tratara de arreglar una bomba de agua, de ganar unas elecciones o de transformar de arriba abajo la Escuela Universitaria.

Para muchos, ese ímpetu daba miedo. Pero solías tener razón. Cúantas veces, amor mío, hemos hablado de cómo tus ideas aparentemente imposibles o excesivas se convertían en una realidad algunos años después. Ibas demasiado rápido, Jesús. Demasiadas ideas, demasiados proyectos, demasiada fuerza.

Y de pronto te has marchado, casi sin enterarte. Nos has dejado, de nuevo, sin palabras. Pero esta vez, cariño, se te ha ido la mano.

Recuerdo que siempre me decías que te morirías joven de un pelotazo. Y yo te respondía “si te me mueres, te mato”. Pero no lo decía en serio, Jesús. Ya lo sabes. Ya sabes cuánto, cuantísimo te quiero, y cuánto te quieren tus hijos, Alejandro y Pablo, que te tienen verdadera adoración. Puedes darte cuenta del amor de tus padres y de tus hermanos, de toda tu familia, y de la mía, y de los cientos y cientos de amigos que han venido a decirte adiós por última vez.

Me vienen a la cabeza tantas canciones que me enseñaste a conocer, la voz de Leonard Cohen, que tú y yo sabemos cuánto significó para nosotros,  y tantas otras que cantábamos a voz en grito en el coche, con nuestros chicos, tan felices. Ahora, hay una canción que se me repite en la mente una y otra vez: “Ay amor, sin ti no entiendo el despertar. Ay amor, sin ti mi cama es ancha”.

Ay, Jesús. Tú nos enseñaste a caminar solos, a no temer al cambio, a ser valientes, imaginativos y a disfrutar de la vida minuto a minuto, dejando las mezquindades y las chinchorrerías a un lado. Pero ahora nos toca caminar solos de verdad. Ya vas a ver cómo hay mucha gente que se sorprende de lo que te echan de menos. Para mí, para Alejandro y para Pablo no va a ser una sorpresa. Caminaremos sin ti, pero contigo siempre. Contigo, siempre. Muchas gracias por todo, amor mío, y hasta siempre.

Un beso de magnitud inconmensurable

 

Marta

Anuncios

2 comentarios en “Adios, mi amor

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s