Vacaciones en Gallocanta I


Después de la vorágine de la fiesta veraniega y de los últimos días de trabajo, que fueron infamemente tensos para mí (los bancos y eso), llegó Gallocanta.
Gallocanta es, cómo os lo diría yo, mis queridos inexistentes lectores, Gallocanta es tomar conciencia del verdadero sentido de la Vida. Así, con mayúsculas.
Mi vida normal es bastante ajetreada y suelo tener varios "frentes de preocupación" que me llenan si no de actividad física, sí de actividad mental. Nada del otro mundo, ya sabéis: el Ayuntamiento, la empresa, mis hijos, Jesús, mis amigos, mi familia, … Lo normal.
Pero llego a Gallocanta y el mundo se para. No tengo nada especial que hacer. Las obligaciones son pocas y no ocupan tiempo. Entonces observo a mi suegra y sus amigas, que pasan buena parte de su tiempo sentadas, sin mayor actividad aparente que dejar que el tiempo se deslice suavemente. Lo primero que pienso es que se debe a la edad, pero luego me doy cuenta de que en realidad ésa es la actividad de buena parte de la población mundial. Pensad en los aborígenes, en los mexicanos durmiendo la siesta bajo su sombrero, en los hombres africanos.  Creo que en realidad la actividad frenética es cosa de la sociedad desarrollada. Una cosa es trabajar como mulas para subsistir. No me refiero a eso: hablo de este frenesí de hormiguero que nos lleva de aquí allá sin cesar, incluso en vacaciones, en nuestro tiempo libre. Esta consciencia -o subconsciencia, o inconscencia- que nos hace sentir mal cuando pasamos más de unos minutos sin hacer nada. Esta necesidad de ser hiperactivos que nos hace ocupar el tiempo de nuestros hijos con actividades extraescolares para que sepan tocar el clarinete, hablar inglés, jugar al fútbol, dominar la teología y, en suma, alcanzar la formación humanista perfecta, aprendiendo mientras se divierten (porque está mal visto divertirse a secas)
En Gallocanta esto pierde todo su sentido. Estoy yo y un mar de cereal recién cosechado. Yo y las chaparras que conquistan cada espacio libre de cultivo, bolas oscuras de hoja dura y ramaje espeso. Yo y el zumbido de las moscas, las libélulas, las abejas. Yo y el canto de los pájaros. Yo, con toda mi actividad, mi formación, mis inquietudes, mi cultura, yo soy sólo una parte acccidental del ecosistema. La chaparras, las moscas, las piedras que ahora veo me precedieron, y seguirán ahí cuando ya no esté.
Yo, con toda mi mochila cultural, acabo una tarde replegada en el asiento trasero del todoterreno junto a una oveja que me mira con desdén. Mi perro está acojonao, no ha visto nunca una oveja tan de cerca. Yo tampoco. Trago saliva y me encomiendo a todos los santos para que no se trate de la primera oveja carnívora mutante. Sus ojos son globos transparentes: no parece tener sentimientos. Me siento indefensa ante la inmensidad de la naturaleza salvaje y desconocida.
Afortunadamente la oveja no me atacó.
 
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