El zeppelin


A la hora de la siesta no se cantean ni los guacamayos porque el calor y la humedad del trópico espesan la sangre y no dejan que ni el cuerpo ni el pensamiento se muevan con normalidad.
En la sala, la dueña dormita mientras por la televisión se desliza un culebrón venezolano de cortas faldas y grandes pasiones. El bebito, tumbado sobre una sábana en un sillón, duerme plácidamente con sus cabellos empapaditos de sudor infantil. Zum, zum, zum, zum, el ventilador gira con sosiego tropical.
Al fondo de la casa, encerrado en su estudio, el italiano se concentra en su ordenador. La mesa está cubierta de catálogos comerciales, planos, bocetos, manuales y revistas técnicas. Todo en su cuarto parece en desorden, pero también parecen caóticas las estrellas en la noche caribeña y sin embargo están colocadas siguiendo un minucioso plan divino.
El italiano está ultimando su proyecto: diseñar y producir un zeppelin para transportar gas desde África hasta Italia. Un servicio regular de zeppelines. Una idea brillante, tanto que se teme que cualquier ruso, o alemán, pueda robarle su proyecto y adelantársele en el mercado. El italiano diseña, calcula, valora. Ha encargado una representación tridimensional para presentar su proyecto a las autoridades. Ha llamado a su amigo el español, él tiene contactos, quizá alguna ministra se interese en la idea. Ya estuvo con un secretario del gobierno cubano, pero no parece que por ahí prosperen mucho las negociaciones.
El italiano tiene fé ciega en el Zeppelin. Sueña con los zeppelines cruzándose sobre Sicilia, danzando en el aire. Es mucho más barato construir un Zeppelin que un gasoducto que atraviese el fondo marino.
El italiano pule los detalles técnicos. Calcula pesos y dimensiones. Descarta materiales. En su frenética investigación apenas dedica un momento a pensar que si su Zeppelin no encuentra salida comercial como sistema para transportar gas, quizá tenga que volver a contactar con Gutiérrez, que sí está muy interesado en utilizar el volador para su negocio de producción de coca. También sería hermoso que sus Zeppelin sobrevolaran la selva, majestuosos e inmunes a cientos de pies de altura, lejos de los gritos de los monos, del zumbido de los insectos y de las pasiones de los culebrones que su mujer liba a la hora de la siesta. 
 
(basado en hechos reales)
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