Escapada a Madrid


No lo hago tanto como debiera, pero de vez en cuando me escapo a Madrid a ver museos. Visitar un museo, especialmente una pinacoteca, es para mí una experiencia absolutamente relajante. Entro en una burbuja de paz y serenidad, me concentro totalmente en mirar y el resto del mundo y su velocidad se quedan fuera, al otro lado de los ventanales. Supongo que es mi equivalente ateo de rezar en una iglesia.
El otro día me fui a Madrid, aprovechando uno de los viajes de Jesús. Nos subimos en el Ave a las 9.30 y una hora más tarde estábamos en Atocha. Me encanta Atocha, con sus idas y venidas, aunque no podría soportarlo si tuviera que estar allí diariamente. Jesús tenía su reunión en la C/ Ortega y Gasset, así que le acompañé a ver la Milla de Oro. El día estaba espléndido, esas mañanas frescas y luminosas que tiene Madrid cuando el invierno parece que se quiere acabar. Era una oportunidad perfecta para dar un paseo por la calle de las tiendas de lujo.
 

 
Comencé mirando escaparates, pero me aburre ver bolsos que no podría pagar con el sueldo de un mes, así que pronto pasé a mirar a la gente, que es lo que verdaderamente me resulta interesante. Allí abundan los ejecutivines y las señoras con gafas enormes, los perritos falderos, las empresas auditoras, los despachos de abogados, las oficinas de representación, y todo ese tipo de personas, trabajos y accesorios que no vemos apenas en el mundo real. Delante de mi caminaban un tiburón y dos tiburoncillos de las finanzas, enfrascados en una conversación sobre el apalancamiento financiero. Las personas reales sólo se apalancan en el sofá el domingo por la tarde. Pero ellos sonreían y arguían con suficiencia, sintiéndose poderosos, manejando los hilos que mueven el mundo.
Me cansé pronto de este tipo de fauna, me resulta fría. Pero caminando al sol llegué a la Puerta de Alcalá, llena de barrenderos, ecuatorianos y barrenderos ecuatorianos. Mujeres con bolsas, jóvenes con piercings, jubilados con tiempo. El tránsito del mundo financiero al mundo real se produjo de forma inopinadamente rápida e indolora, y pronto me sentí mucho más acompañada.
Paso a paso llegué al Retiro y de allí al Prado no hay nada. Entré a visitar la iglesia de los Jerónimos, más por curiosidad histórica que por interés artístico, es una iglesia bastante desangelada a la que debe ir "gente bien" y que tiene cada confesionario identificado con su cura titular. Será que no todos los confesores son iguales, uno se especializa en los pecados capitales, otro en los veniales… 
 

Las iglesias no son como los museos, pero también me gusta verlas. Normalmente la arquitectura y el arte tienen allí un refugio seguro. Pero esta iglesia tenía más historia que otra cosa, los borbones la utilizaron con frecuencia. Me sorprendió encontrar una virgencita de Guadalupe mexicana y su homónima extremeña. Sin más.

Así que salí de allí y me fui al Prado, a ver la exposición de Francis Bacon. Un guitarrista callejero tocaba Adios Nonino, de Astor Piazolla, y me pareció un buen presagio. No me equivoqué. Con esa música en la cabeza entré a la retrospectiva de Bacon. Para el que no lo conozca, Bacon nació a principios del s. XX en Dublín y murió en Madrid a finales del mismo siglo. Era un hombre atormentado: por su relación con su padre, por su homosexualidad, por las guerras mundiales, por el fracaso de la convivencia, el holocausto, los poderosos… Le obsesionaba la violencia física y la psíquica, y cómo se reflejan ambas en el cuerpo y en el rostro. No son cuadros fáciles de ver, ni te los colgarías en el salón, es como recibir un puñetazo en el estómago y, encima, estar agradecido.

Tiene varias series muy famosas, entre ellas sus versiones del Inocencio X de Velázquez, cada vez más iracundo, más deforme y más enjaulado. Pero a mí me gustaron más los retratos de hombres de negocios. Hombres con traje y corbata sobre fondo azul oscuro, encerrados en una jaula y deformados por el poder. Podrían ser banqueros, políticos, negociadores de Yalta, quién sabe.

          

Mientras miraba el cuadro, un señor de cierta edad, trajeado y con sombrero entró en la sala. Pasaba de cuadro en cuadro a gran velocidad mientras decía a media voz "una mierda, una mierda. Esto es una mierda. Mierda, mierda…" Me eché a reir. Era como si uno de los retratados por Bacon hubiera salido de su cuadro, de su jaula, y no supiera cómo volver a entrar.

Tanta violencia y tanta obsesión llegaron a saturarme. Me relajé en el claustro recién restaurado y visité la exposición de escultura antigua. Y de allí, a comer. El restaurante del Prado también es una galería repleta de fauna. Japoneses hiperactivos, francesas con su eterno chaquetón de paño negro y pañuelo palestino, familias americanas con adolescentes aburridos de tanto cuadro, alemanes, entendidos en arte, estudiosos, culturetas… Casi me resultó tan entretenido el restaurante como la exposición.

Salí del Prado un poco mareada y me dí un paseo por el centro. Fui al Congreso y cotilleé un rato porque estaba lleno de cámaras y de policías: al parecer acababa de llegar la Krisner (no sé cómo se escribe), y además se celebraba comparecencia del presidente del Gobierno. Ví a Solbes, charlé con unas argentinas y me fui a la calle Preciados que siempre da mucho juego. Compré libros, me tomé un café y me volví a Atocha en metro, cosa que en sí misma es una experiencia tan aterradora y sugerente como los cuadros de Bacon.

A las ocho y media de la tarde estábamos en casa Jesús y yo, los dos tan felices como dos lombrices.

Y colorín colorado, este viaje ha terminado.

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