En algún momento dado, nació una estrella


Cada cual tiene su sueño inconfesable e imposible. Yo, ya sabéis, querría ser cantante. Pero cantante a lo grande, con una banda potente, muchas luces, mucho sonido, y un paseo de la Indenpendencia abarrotado escuchandome a mí. Me da igual si cantuviera jazz, bossa nova, rock, boleros,… Lo que me hace feliz es subirme a un escenario.
Ya tengo una larga trayectoria artística a mis espaldas. Comencé con cinco años andando la jota, cosa que seguí haciendo durante más de una década, hasta que me frustró la falta de reconocimiento (y que yo bailaba de chico, y mi compañera comenzó a crecer y me sacaba tres cabezas. Cuando me dijeron que me tenía que vestir de hombre me planté: hasta ahí podíamos llegar).
Ya sabéis que el piano no ha servido nunca a mi propósitos exhibicionistas porque me sudan las manos y la boca sólo de pensar en tocar en público. En cambio, los teatrillos de Luis de los Ríos me dieron mucho juego. En ese escenario se forjaron muchos talentos, ¿verdad Marisa?
También hubo un antes y un después de mis clases de ballet. El momento cumbre lo alcancé bailando Tequila con el cuello retorcido por la tortícolis ante los ancianos de una residencia de Zaragoza. Supongo que fue impactante. Era como ver bailar a la difunta madre del rey, pero con sombrero de plástico.
¿Y cómo olvidar mi inolvidable interpretación de Moonlight Shadow, junto a los Bloody Masters en Salesianos? Fue tan increíble que nunca me volvieron a llamar.
También lo intenté con la oratoria, y me hice mitinera. Tuve noches memorables. La mejor, sin discusión, en Bujaraloz. Sentadica en una mesa allá perdida en el fondo de un escenario inmenso y hablando de políticas sociales ante un auditorio de agricultores a los que sólo les interesaba el Plan de modernización de regadíos. Cojonudo.
Lo cierto es que, dejando el premio que me dieron por cantar el La La Lá (no podéis imaginar la felicidad que sentí sobre ese escenario. Yo no hacía de Massiel: yo ERA Massiel), dejando eso a un lado, mis mejores momentos sobre los escenarios han venido como cantante de coro.
Muchos no me habéis conocido así, pero he cantado en coros casi toda mi vida. Coros infantiles, en la escuela de música, en la universidad… Donde iba, me metía en un coro. Cuando cantas a coro y sale bien -cosa que no siempre ocurre pero no es tan difícil- tu cuerpo vibra como una copa de cristal, y te sientes parte de una fuerza sobrehumana que tú contribuyes a formar. Había ocasiones en que tenía que dejar de cantar porque no podía dejar de llorar de la emoción.
Hay mucha música que recuerdo así. Pero os voy a poner un de las más especiales. No salgo yo, claro. Pero os hacéis una idea.
 
 
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