ocho hombres muertos


El domingo estuvimos de entierro en Arándiga. No conocía a los ocho hombres fallecidos porque llevaban setenta años muertos. En agosto de 1936 los sacaron de sus casas, los fusilaron y los enterraron en el lado de un camino, como a perros.
A los ochos hombres asesinados los desenterraron con la ayuda de arqueólogos y psicólogos, los identificaron los forenses gracias al ADN. Y los metieron en ocho cajitas de cartón, tan poco quedaba ya de ellos setenta años después. Los huesos, con el agujero del tiro de gracia en el cráneo.
Durante setenta años las mujeres, las madres, las hijas, mantuvieron a escondidas la memoria del lugar y la memoria de sus hombres muertos. A ellos los mataron y a las familias las dejaron muertas en vida: vejadas, insultadas, expoliadas y empobrecidas hasta la miseria por rojas.
En el entierro estaban las hermanas, las hijas, los nietos de los ocho hombres asesinados. Setenta años después, lloraban tan vivamente como si hubieran muerto ayer. ¿Por qué lloraban? ¿Por qué llorábamos todos?
No llorábamos la pena de la ausencia porque no conocimos a los ocho hombres muertos. Llorábamos la rabia y la impotencia de los que se quedaron, y el alivio que sentían al ver a sus muertos identificados y honrados con una placa y unas flores.
Setenta años son demasiados para un duelo, pero el duelo es inevitable y necesario. Negar el derecho al duelo no sólo es cruel: es una tarea inútil. A los muertos se les llora, se les homenajea y se les despide. Si no se hace antes, se hará después. Es la única manera de poder olvidarlos.
Las familias y los amigos de los ocho hombres muertos no los habían podido olvidar, y construyeron su homenaje en la memoria. La ausencia los hizo continuamente presentes durante setenta años. Y allí estábamos, bajo un limpio cielo azul y rodeados de los chopos (enhiestos surtidores de sombra y sueño) del cementerio, con las banderas republicanas y cantando la internacional, el himno de riego, gracias a la vida. De pronto cobraron para mí pleno sentido las palabras de Al Alba: eran las palabras de ocho hombres muertos, ocho hombres fusilados y no enterrados durante setenta años.
 
En torno a la muerte de los ocho hombres se tejió un hermoso discurso: Libertad, Democracia, Progreso, República. ¿Murieron por eso? Un poco sí, y un poco no. Ni la guerra ni la muerte violenta tienen un ápice de poesía, no hay belleza en un fusilamiento. Los motivos de un crimen son tan espúreos que ni siquiera se sientan al abrigo de unos ideales, aunque sean fascistas. ¿Por qué mataron a un chico de dieciseis años? ¿por sindicalista? ¿por defender la democracia? ¿o porque le había quitado la novia a uno que tenía un fusil? vete a saber…
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