Los límites


Estos días andamos revolucionados con el tema de la paralela. Básicamente y simplificando mucho, los estudiantes quieren paralela y el pueblo no. No es exactamente la paralela lo que me preocupa, sino un argumento que veo repetido entre los que la apoyan: su derecho a la diversión, porque son jóvenes.
Más allá de la discusión sobre si puede considerarse diversión una fiesta basada en el exceso absoluto en el consumo de alcohol que degenera en destrozos, suciedad, altercados, molestias y accidentes graves (algo así debían ser las bacanales romanas) se plantea un tema profundo: la diversión de los jóvenes como derecho absoluto. O, mejor dicho, la convicción que manifiestan en que su derecho a la diversión está por encima de cualquier otra consideración. Hasta el punto de plantearse una fiesta paralela a la paralea como rebelión ante la negativa.
Si las personas en sus últimos años de formación no son capaces de plantearse que su derecho a la diversión tiene como límites los derechos de los demás, entonces no será muy descabellado pensar que tampoco van a ponerse límites al resto de sus derechos, y que esta situación puede prolongarse en la vida adulta.
Siendo esto así, me pregunto qué educación estamos dando a nuestros hijos al reconocerles cualquier demanda como derecho (ni siquiera como privilegio). Y me asusta pensar en qué capacidad van a tener las nuevas generaciones para asumir la frustración de sus deseos.
Yo siempre he sido un poco carquilla. Pero entiendo que la rebelión y el incoformismo son un ingrediente excelente para la salud social y un acicate para nuestra evolución. Sólo que habrá que plantearse los límites: ante qué debo rebelarme y ante qué debo someterme. Me parece frustrante que mientras se está debatiendo el futuro de la educación universitaria ni un solo estudiante de La Almunia haya mostrado ni una pizca de interés, y en cambio sean capaces de movilizarse como una masa incontrolada cuando se les niega la posibilidad de una fiesta que cada año ha acabado al borde del cataclismo.  El hedonismo desbocado produce monstruos.
 
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