América II


Las ciudades estadounidenses tienen una ordenación muy clara: calles en cuadrícula, en la que las avenidas se nombran por letras en orden alfabético y las calles que las cortan, en perpendicular, se numeran del 1 en adelante. Así que es muy fácil ubicarse: estoy en la esquina de la avenida A con la calle 33. En cinco minutos un turista domina la ciudad porque no hay pérdida. Todas las ciudades, por lo que tengo entendido, siguen el mismo esquema. También las carreteras se trazaron de forma similar, en cuadrícula, carretera 33 dirección norte. Por eso los coches llevan su brujulilla junto a los soportes para los vasos de café.
Las grandes ciudades, al parecer, comparten otro rasgo: a cada paso hay un puesto de comida o una tienda o un restaurante en el que puedes encontrar sushi, pan judío, noddles, col rumana, gazpacho, … Todos los sabores del mundo en un carricoche de dos metros. Hasta churros vendían en Nueva York.
Estas dos cosillas que os pueden parecer chorradas son, en mi opinión, la razón fundamental de que un recién llegado a una ciudad americana no se sienta un extraño. Comprender la ciudad en su sentido más físico es el primer paso para interiorizarla y sentirse acogido. Encontrar a cada paso los sabores propios termina por eliminar el sentimiento de alienación que se tiene cuando se está en el extranjero.
Habrá quien piense que en esta sensación, que compartimos muchos por lo que he podido hablar, tiene mucho que ver la invasión de películas y cultura norteamericanas. Yo, en cambio, creo que no es así. Una cosa es ver películas y otra es estar allí. También hemos visto muchas películas de indios o de kunfu y no por eso compartimos cultura ni nos sentimos indios.
Cuando llegas a París, o a Bruselas, la sensación es bien distinta. Entras en una burbuja que no es la tuya. Las cosas giran en un sentido secreto, las personas se mueven a otra velocidad y según un código que no siempre es comprensible. 
Parece que me estoy volviendo proamericana. No necesariamente. De todas formas, ya os dije que la cosas no son tan fáciles como parece, no todo es blanco o negro. Y menos en América, un país que se parece al turrón de frutas confitadas: es tan joven que todavía se ven los pedacitos de todos los colores pegados entre sí por un mazapán muy frágil.  
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