Tres días de vida y de muerte


El miércoles nos llamaron a medio día para avisarnos de que Pepita estaba muriéndose. Jesús y yo nos subimos, tal cual estábamos, en el coche y nos fuimos para Puerto de Sagunto. A las nueve y media de la noche, Pepita había muerto. Se fue apagando poquito a poco, hasta que dejó de respirar. Una muerte dulce, en cierto modo. Sin dolor, acompañada y tranquila.
Esto, dicho así, se cuenta rápido. Pero los minutos pasan muy despacio cuando esperas un desenlace que no sabes cuándo llegará. Viajar hacia Valencia sin saber si cuando llegues tu cuñada habrá muerto. Sentarte en un banco a la puerta del hospital mientras Jesús se fuma un cigarrillo tras otro. Esperar en el pasillo, entrar despacito a la habitación, mirar a una Pepita que respira con dificultad, enchufada a máquinas y cables, pero que parece plácidamente dormida. Una Pepita que nada tiene que ver con la que nos preparaba la fideuá hace sólo unas semanas. Una Pepita que en nada se parece a la que llegaba a Gallocanta un par de veces al año, energética, inteligente, dominante.
El paso de la vida a la muerte es raro cuando lo ves desde fuera. Supongo que también cuando lo ves desde dentro, pero nadie ha podido contarlo. Un segundo, y estás viva. Otro segundo, ya estás muerta. Es raro.
Lo más raro es que una vez que tu ser querido muere, los segundos siguen discurriendo tan plácidamente como el sueño. Nada se para, salvo el corazón del que ha muerto. El vecino de habitación sigue hablando con la enfermera. Los móviles siguen sonando, los coches siguen pasando por la calle. En todo caso, algo nuevo comienza: la muerte de una persona da inicio al "procedimiento funerario". Todo está previsto. Afortunadamente, todo está previsto. En esos momentos, los familiares no suelen estar preparados para improvisar ni para decidir nada. El procedimiento es un refugio. Una tabla de salvación que orienta en unos momentos de total ofuscación. Una guía que te dice lo que debes hacer durante las próximas horas. Primero llegará el médico a certificar. Luego el papeleo. Luego llama a la funeraria. No te preocupes, ellos se ocupan de todo. Sí, sí, nos vemos en el tanatorio. Quieres cenar algo? Qué calor hace fuera, qué frío hace dentro. Pues sí, pues sí. Tenía que llegar. Para mi era alguien muy especial. La queríamos todos mucho. Ha venido la prima. Ha llamado el tío. Será mejor que os vayais a descansar, mañana será un día muy duro.
Así pasamos las horas preceptivas, que al final se conviritieron en un día y medio hasta que comenzó el ceremonial. La misa, la cremación, la espera. La entrega de las cenizas en el cementerio. Qué calor. Cuántas flores. Ya sabéis que ésta es vuestra casa, para lo que queráis. Cuidad a los abuelos, para ellos será muy duro. Cuidaos vosotros también. Adios, adios.
Yo miraba a la madre, mi suegra. Y miraba al padre, mi suegro. Ellos sufren, cada uno a su manera, pero de ningún modo puede decirse que estén hundidos en la desesperación. Mi suegra se ha refugiado en una cierta rabia. Y mi suegro, en su "abuelitud". Pero se les ve mucho más enteros de lo que ninguno esperábamos. Yo creo que para ellos, la muerte es algo mucho más natural de lo que nosotros experimentamos. No está cubierta por el tabú con que ahora la vivimos.
También miraba al marido y al hijo, y a la hermana del marido. Los tres parecían, más que hundidos, aliviados y sorprendidos. Sorprendidos por el alivio, y porque el final no era un final sino el comienzo de algo diferente al que ahora se deberán acostumbrar. Tristes, sí. Pero no hundidos.
Hay una reacción que sorprende en estos casos. El llanto del primer momento pronto deja paso a asuntos más prosáicos. El abuelo tiene que cenar, yo también tengo hambre, vamos a buscar un restaurante. Y a partir de entonces, el día se organiza marcado por las necesidades más humanas: comer, dormir, estar con la gente. Pura supervivencia. Los llantos sólo regresan cuando llega al tanatorio un ser querido envuelto en sus propias lágrimas. En ese momento renace la emoción. Y el resto del tiempo se suceden las conversaciones banales, hasta las risas. Porque la vida pronto vuelve a invadirnos.
No sé por qué, pero la muerte de los demás nos hace pensar en nuestra propia muerte. Son esos momentos en los que prepararmos nuestro testamento, dejamos dicho dónde queremos ser enterrados, esas cosas.
Yo ya lo tengo pensado y ya se lo he dicho a Jesús. Si muero antes que vosotros, podéis hacer conmigo lo que queráis: enterrarme, incinerarme, momificarme. Sólo os pido que me dejéis en un cementerio, donde mis hijos, mis amigos, mi familia, pueda volver a verme. Que me puedan traer flores y que sepan dónde estoy. No quiero que mis cenizas se confundan con el viento, ni que me enterréis bajo la arena.
Si es posible, además, que suene en mi final el Tango de Albéniz tocado por un buen violín. Siempre que escucho esa música pienso en que es como una tarde de verano, una música de siesta, de sexo lánguido, de conversaciones a la sombra de la parra, de risa de niños en el agua, de vida plácida y feliz. Así querría despedirme y así querría que me recordarais.
Eso es todo (por hoy), amigos.

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