Es para mí motivo de orgullo y satisfacción


Ayer publicaron una carta mía en el País Semanal. La consideraron "La carta de la semana". Estoy contentísima, no creía ni squiera que la fueran a leer.  Como diría Juan Carlos, "es para mí motivo de orgullo y satisfacción". Pero me la han recortado un poco, así que la transcribo aquí íntegra, porque además le han quitado un matiz importante (para mi): la importancia de las vecinas en el bienestar social. Espero que os guste.

"Leo sobre los ancianos de Osaka y me vienen a la mente mis suegros.  Viven en un pueblecico de Zaragoza, ciento y poco habitantes, casi todos mayores de setenta años. Sobre sus cabezas se extiende un cielo azul limpio y profundo. Ante sus ojos se abre un océano de cereal, encinas y carrascas. La naturaleza allí es tan poderosa que acaba comiéndose la obra del hombre a la menor ocasión y el tiempo adquiere su verdadera dimensión, al ritmo que marca el paso de las estaciones.

Mi suegra cría sus pollos, prepara sus conservas, cura sus jamones. Mi suegro va y viene: a entrecavar el huerto, a sacar las ovejas, a mirar las lechugas, a coger unos tomates para los hijos, que hemos ido de visita. No hay día en que uno y otra no caminen varios kilómetros, no por hacer ejercicio sino porque la vida los lleva así. No hay día que no coman verdura y ensalada, la fruta no se perdona y cuando hay que hacer un exceso, mi suegro se toma una copita de vermú. El purito es su acto de transgresión. 

Por las tardes ellos se juntan en el bar a echar la partida. Ellas, sentadas en un corro en la puerta de casa, pasan las horas a la fresca en verano y a la solana en invierno. Es un placer para mí sentarme junto a ellas y escucharlas hablar de todo y de nada en particular, porque llevan toda la vida juntas y se conocen sólo con mirarse. "Me han dicho que el hijo de Fulanita se ha casado con una de Polonia. Polonia? eso debe caer lejos. Lejos, lejos."  Lejísimos.

Mis suegros y sus vecinos envejecen con una salud y una fortaleza envidiables, alcanzan edades avanzadísimas y afrontan la enfermedad y la muerte con toda naturalidad, porque han estado rodeados de ella, porque ven nacer y morir a los animales, las plantas, los vecinos.

Estoy segura de que esta historia se repite en miles de pueblos de España. Yo vivo en un pueblo mayor, y siento a mis vecinos como a mi familia. He visto a mi madre alegrarse hasta las euforia por el regreso de unas vecinas a la que no veía desde hacía una semana, y con las que se junta todas las noches a comer palomitas.

Ni mis suegros ni mis vecinas han oído nunca hablar de Confucio, y no se les pasaría por la imaginación comer algas. Pero mirando las fotografías de las venerables osakeñas los he visto a ellos. Y he sentido envidia."

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