YO SOY LA VERDAD Y LA VIDA


Tenemos a los obispos españoles en pie de guerra. Parece que no han recibido suficiente dinero y han decidido hacer su particular campaña contra el gobierno socialista, rojo y masón.
No sé qué me indigna más: Zapatero o los obispos. Zapatero ha creído que podía doblegar a los obispos con dinero y cesiones. Pero los obispos nunca tienen suficiente. Los obispos quieren el poder, quieren gobernar en la sombra como siempre hicieron.
Hoy estoy indignada como ciudadana, y no tanto como atea. Porque la trampa argumentativa de la jerarquía eclesiástica es tan sutil que hemos caído en ella durante siglos.
Desde niños nos enseñan que Dios pronunció los doce mandamientos (doce normas de regulación social básica bastante razonables: no matarás, no robarás…), del que el primero es "amarás a Dios sobre todas las cosas". Porque Dios es tu Padre.
También dice Dios, según la Biblia, que "Yo soy la Verdad y la Vida".
Pero como desde hace dos mil años Dios no ha venido en carne humana por aquí, ya no tenemos más mensajes directos que los que entonces nos dejó, escritos por hombres (sólo hombres) de hace dos mil años. Así que la jerarquía, en su infinita sabiduría, nos dice que ellos son los intérpretes de la voluntad de Dios. Por sus bocas habla Dios, Dios actúa a su través. Así que fíate de lo que digan los obispos. Al fin y al cabo, Yo no te miento, porque Yo soy La verdad y La vida. Y fuera de mí no hay nada. Y si Dios dice o hace cosas raras, no te preocupes, porque Dios escribe recto con renglones torcidos y los designios de Dios son inexcrutables, no intentes comprender a Dios porque tú eres sólo un simple mortal. Claro, aquí está la trampa. En el intérprete. No tenemos modo de saber si el intérprete se equivoca, o si nos engaña, o si actúa por su propia conveniencia.
Durante siglos, los obispos han leído y reescrito las palabras divinas ajustándolas a sus necesidades. Han legitimado su poder, han organizado la sociedad, se han enriquecido, han oprimido, han actuado como verdaderos señores feudales, dueños del bien y del mal. Y toda su legitimación procede de dios.
Pero cuando una sociedad acuerda gobernarse de forma democrática, y reconoce que la soberanía reside en el pueblo, en ese momento, más allá de la discusión sobre la existencia o inexistencia de dios, lo que se está declarando es que la soberanía (la capacidad de decisión) no la tiene ni el rey, ni un dictador, ni los autodesignados intérpretes de dios.
Claro, como los obispos son perros viejos lo que hacen es negar la mayor: nada está por encima de la voluntad de dios, que sólo ellos conocen. Y ahí siguen, dándonos el coñazo sobre lo que podemos y no podemos hacer con nuestro cuerpo, nuestra sexualidad, nuestros afectos, nuestros hijos, nuestros miedos, nuestras esperanzas y nuestro dinero.
Menos mal que son una especie en extinción, y desparacerán por la propia ley natural de la vejez y la muerte. A tomar por saco.
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