UNA HISTORIA


Queridos inexistentes lectores:
A petición de mi amiga Cudi, os voy a contar una bonita historia de mi época de estudiante.
Durante mis cinco años universitarios en Zaragoza residía (pared con pared con Cudi) en la residencia femenina Santa María Reina, regentada por las monjitas de San Vicente de Paúl. ¿Por qué, os preguntaréis, si soy atea y mis padres tampoco eran el agua bendita de las misas? Pues por varias razones interconexionadas. Fue la primera residencia en la que conseguí plaza, y además era muy barata. Era mucho más barata que otras residencias porque las residentes nos encargábamos de la limpieza del edificio y del servicio de comedor, etc. No por ahorrar, según las monjitas, sino porque asumir el servicio a los demás formaba el carácter de las niñas universitarias. Lo cierto es que tampoco suponía un problema limpiar de vez en cuando un pasillo. Lo que sí era para mi una losa era la organización castrense: el cartelito en la pared que decía "Pasillo, fulanita de tal. Comedor, menganita. Planta baja, zutanita". Innegociable. Y la residencia, impoluta. El mecanismo funcionaba como un reloj.
Así formaban nuestro carácter en el servicio, de la misma manera que los horarios de cierre de la residencia, también inamovibles, forjaban nuestro carácter en la disciplina y el estudio. Además, ahorraban el salario de un hipotético guarda de seguridad, que para más inri hubiera sido hombre. Lo que se resume en que la residencia cerraba sus puertas a las diez y media de la noche (las doce y media los sábados). Y si estabas dentro, estabas. Y si no estabas, no estabas (y llamaban a tus padres).
Con este panorama os podéis imaginar que mi vida nocturna no fue demasiado mítica, y que en cuanto llegaba el viernes me solía marchar a casa (allí por lo menos tenía llave). Pero alguna vez me quedaba el fin de semana. Lo malo era que a las doce y media, como cenicienta, tenía que estar de vuelta.
La historia que os quería contar sucedió precisamente un sábado por la noche. Me fui de juerga loca con mis amigas de clase, pero llegó la medianoche y tenía que volver a la residencia. Tenía que volver porque mis amigas de clase vivían con sus papás y tampoco me podían acoger (en fin). Así que en la plaza de San Miguel me acompañan al autobús. El Treinta y Ocho, que paraba en la puerta de la resi.
-¿Seguro que es éste? les dije yo, que tenía el mismo sentido de la orientación que una zanahoria.
– Que sí, seguro.
Y me subo. El autobús comienza a andar. Para aquí, para allá. Las doce y diez. Yo no reconocía las calles pero no era raro, porque nunca reconocía las calles. El autobús se va quedando vacío. Yo me pongo las gafas (las llevaba en el bolsillo porque soy miope, pero tenía mi coquetería y no podía salir con gafas ni podía pagarme unas lentillas). No reconozco nada, y le pregunto con voz temblorosa al conductor "pero este es el treintayocho, no?" Sí, sí. Las doce y veinte.
Nos quedamos solos en el autobús. El autobús va cogiendo velocidad, y mientras las casas se van convirtiendo en descamapados el conductor saca sus papeles y comienza a cerrar cuentas sobre el volante, sin dejar por ello de conducir. Ibamos tan deprisa que mi melena ondeaba al viento de la noche, como si fuera Telma y Luis. Sólo que yo estaba acojonada. "Oiga, este autobús para en el clínico?" No, no, este autobús se queda aquí. "Aquí?????"
Estábamos en medio del campo, concretamente en Cocheras, junta a la discoteca Torreluna, a tropecientos kilómetros de Zaragoza. Las doce y veinticinco. Entonces los móviles no existían ni en la imaginación de Nokia.
Me bajo del autobús con tembleque total de piernas. En medio de una carretera, a lo lejos Torreluna y las cocheras, y frente a mi el único lugar habitado: un puticlub. Allí que me dirigí. "Buenas noches, me he confundido con el autobús, tienen un teléfono? Me van a cerrar la residencia, no sé dónde estoy, madre mía qué lío". Sólo había una puta, un borracho y un camarero. La puta me mira con cara de madre. El camarero me señala el teléfono público. Meto las monedas. Marco. Me equivoco. Vuelvo a marcar, pero me vuelvo a equivocar. "Oiga, puede marcar usted? Estoy tan nerviosa que no atino". El camarero me marca el número de la residencia.
"Sor Gregoria, que soy yo. Que me he equivocado de dirección en el autobús y en vez de ir al Clínico me he ido a cocheras. Me puede esperar a que llegue?".
Me vio tan nerviosa que la pobre Sor Gregoria, rompiendo todas las normas, me esperó con una tila.
El camarero me llamó a un taxi. Me gasté en el taxi (tarifa nocturna y fuera del casco urbano) lo que no me había gastado en toda la noche.
Y así, con mi orgullo por los suelos, atacada de los nervios, desorientada y empobrecida, llegué a la residencia a la una de la mañana. Aún se está riendo Cudi, cuando se acuerda de la cara con la que entré en su habitación para decirle lo que me había pasado.
 
Podréis pensar que era una tonta. Y lo era. Pero ¿cómo no ser una tonta cuando toda tu vida estaba organizada para que fueras de clase a la residencia y de la residencia a clase? Mi padre era muy moderno y muy ateo, pero su chiquilla tenía que estar bien cuidadica y protegida. Y a su chiquilla, que era yo, ni se le pasaba por la mente el rebelarse y marcharse a un piso. No por el dinero (entonces, la verdad, era un condicionante para todas) sino porque yo sentía que mi única misión en la vida era estudiar. Y en la residencia se aprovechaba mucho el tiempo. Ahora me doy de cabezazos, pero entonces mi vida estaba consagrada al estudio. Nadie me dijo que podía estar equivocada. Ya ves tú. Era capaz de estudiar diez horas al día, cientos de folios de apuntes subrayados y con esquemas, pero no era capaz de orientarme o de coger un autobús.
 
Reflexionad, padres.
 

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