La cortina


Anoche, de pronto, me vino a la memoria la señora Pascuala. En realidad no recuerdo exactamente si se llamaba así. Lo que no olvido es su casa. La señora Pascuala era (si así se llamaba) la madre de Paquita la Americana.
Paquita, que en paz descanse, tenía su tienda frente a la de mi padre. En cinco metros cuadrados se acumulaban sujetadores, pañuelos, perfumes, bragas, dos mostradores, dos escaparates, su marido -mucho mayor que ella-, expositores de cosméticos y algunas cosas más. En la tienda de Paquita la Americana compraba mi madre los frascos de Brummel para mi padre, mi primera colonia (Chispas), los pañuelos de tela, el escaso maquillaje que utilizaba… Paquita me vendió mi primer sujetador midiéndome las copas con su mano en mis tetas de primera adolescencia. Tenía un expositor de Charly con sombras de ojos triangulares de color azul intenso y pintalabios de plástico, y botellas de colonias a granel, y crema bronceadora de color rojo (para quemarse rápidamente) en una caja rosa; era la alternativa sofisticada a la Nivea, entonces todavía utilizada para ir a la piscina. El copertone era para ricas.
En definitiva, la tienda de Paquita la Americana era como el Gran Bazar de Estambul. Un frasco de esencias, un frenesí de estímulos y fragancias, frascos y colores.
Detrás del mostrador, justo al lado de  su marido, había una puerta con una cortina que daba a una cocina. Y a partir de allí, la casa de la señora Pascuala.
La casa era como la abuela, de moño bajo recogido, mandil y saya larga. El patio de la casa daba al callejón. Siempre en penumbra, olía a humedad y a huerto. Tenía una pila de lavar, una cadiera y unas estanterías donde la abuela colocaba la verdura que cultivava (¿su hermano? ¿su hijo? no lo recuerdo) y que vendía a los vecinos. Lechugas, pepinos, tomates. También estaba por ahí el remolque de mano con el que traía la verdura. Y una romana y una balanza, con sus pesas de hierro de argolla ancha.
Al fondo del patio se abría una escalera que subía a las habitaciones de la casa, y que nunca llegue a ver, y unos cuartos bajos que incluían un insospechado baño alicatado en azul.
Un día los chiquillos de la calle entramos al cuarto donde guardaban tinajas con vinagre. El olor a humedad y el de las tinajas se mezclaba, las telarañas cubrían el suelo que creo era de tarima.
Sólo una cortina separaba al Gran Bazar de la España profunda.

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6 comentarios en “La cortina

  1. Grande Paquita la Americana!! Me ha encantado tu entrada. Estuve muchas veces en la tienda, nunca detras de la cortina, pero el ambiente me ha traido recuerdos que no sabía que tenía. Besos…La RAki

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