CACIQUES


Ayer un hombre hecho y derecho vino a suplicar ayuda al alcalde. Lloraba y me pedía perdón por no poder controlar su llanto.
Era extranjero, ilegal, llevaba años trabajando para un español que le prometía los papeles para el mes que viene, una y otra vez. Tenía estudios universitarios, era prudente, era honrado. Era pobre. Estaba atrapado. No puede salir de España porque no podría volver a entrar. No puede buscar otro trabajo porque no tiene papeles. No puede dejar de trabajar para quien le explota porque tiene que sobrevivir (aunque le paga una miseria, y él es consciente). No puede denunciarlo porque tiene miedo y porque sus únicos testigos son ilegales como él.
Me decía que lo único que no podía perder era la dignidad. Que era lo único que le quedaba.
Trabaja para un cacique de toda la vida. Antes explotaban braceros, ahora explotan inmigrantes. Se enriquecen a costa del miedo, la pobreza y la indefensión del extranjero. Se lucran de la perversión del sistema. Son intocables, en la práctica.
El extranjero me dió las gracias por haberle escuchado. No me he sentido peor en mucho tiempo.
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