la importancia de los acontecimientos


El sábado estuvimos de boda, se casaba Laurita. Así dicho es sencillo, pero cuando explico que es sobrina de la primera mujer de mi compañero sentimental, la cosa tiene su punto. No obstante, fuimos a la boda de Laura y pasamos una tarde-noche agradable, una boda tradicional.
A mi me hacen gracia las bodas aunque yo me siente absolutamente incapacitada para casarme. No porque no pueda estar casada, ni por el miedo al compromiso, ni nada de eso. Basante compromiso adquirí yo, con veintisiete años me eche al hombre a mi pareja, a un niño de cuatro años, una hipoteca, una empresa, una familia política y otra familia política (la familia de Inma) y unas cuantas cosillas más. Eso no me asustó entonces y no me asusta ahora. A mí lo que me da pavor es verme vestida de blanco merengue en una iglesia (o juzgado), con un montón de gente mirando y un grupo de baturros cantando el padrenuestro. Es la peor de mis pesadillas, casi tan terrorífica como cuando sueño que no he acabado la carrera.
Pero cuando se casa otro, la cosa no es tan terrible. Estuve atenta a la misa, entre otras cosas porque Pablo se me durmió con la primera jota. Miraba a los novios, tan jóvenes y tan compuestos, y pensaba en cómo las bodas son absurdas porque dan importancia trascendental a lo que no tiene la más mínima relevancia: las flores en los bancos, la recepción de la novia, la flor en el ojal, la liga y el lazo azul… Meses y meses de preparativos de un evento que, en realidad, es superfluo. Lo único importante es el compromiso, lo demás es puro teatro. La mercadotecnia ha convertido las bodas en un negocio millonario y resulta imposible saltarse la rueda, salvo que te saltes la boda completa.
De todas formas, también es cierto que cuando se cambia de vida es importante escenificar la ruptura, el borrón y cuenta nueva. Esto es claro en los entierros: un funeral es la escenificación del dolor, y es fundamental para reconstruir la existencia de los que se quedan poder decir "adios", tener un momento de referencia. Si no hay ese momento, el duelo no se acaba nunca porque no se puede comenzar la nueva cuenta.
Las bodas son algo así. Un borrón y cuenta nueva pasado de presupuesto y bastante hortera, pero cumple su función.
Y en la vida, estimados lectores inexistentes, cada vez que hacemos un requiebro y cambiamos de camino hay que buscarse un momento clave que señale nuestro punto de inflexión. Puede ser un concierto, una borrachera, una fiesta, una discusión. Pero tiene que existir para que podamos comenzar de nuevo, como el ave fenix.
Esto lo entendieron muy bien las jerarquías eclesiales desde la antigüedad. Pero esa es otra historia, y otra entrada en el blog.
 
 
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