Las vacaciones son un estado mental


Tengo a mi hijo pequeño en el pueblo con sus abuelos y a mi hijo grande en el campamento. Así que puede decirse que estoy de vacaciones. Por las mañanas trabajo, claro, pero las tardes son para mi. Ni siquiera está por aquí Jesús, porque también se va a sus cosas. Así que hago lo que me da la real gana. Toco el piano, leo, cocino un pollo, me voy a la piscina… Es FANTÁSTICO.
Me he bajado de internet partituras de Schumann. Hacía años que no las tocaba. Me voy a dar una jartá. También me he bajado bossanova, y mientras me paseo por internet tengo a las divas brasileñas canturreando. De mayor querría ser cantante de bossa nova. A lo mejor se lo digo al Antoñico, a ver si me deja un intento, pero no creo. Ya me llegará la oportunidad.
Qué sencilla es la felicidad. Un ratico con Schummann, otro cosiendo una pegatina en los pantalones… Hasta limpiando el polvo. Sin prisa, sin presión. Para mi, esto son vacaciones ideales.  Ni siquiera me importa trabajar.
No sé, irse a Salou quince días a buscar un hueco para la toalla y a esperar turno en la ducha de la playa mientras das saltitos para que las quemaduras de los pies no pasen de grado tiene su gracia. El pollo alast es rico, y los paseos al atardecer entre chiringitos de colchonetas y camisetas de flecos, pues también es una opción. Pero es una opción. Yo, que debo tener un trauma infantil, no opto por la opción. Me quedo con la otra. ´
Aún tengo grabadas en la memoria las vacaciones de mi infancia en la playa. Los viajes interminables en el Simca 1200 blanco de mi padre, que se hacían aún más interminables porque siempre se perdía en la autopista y podíamos tardar seis o siete horas en llegar a Salou. El calor. La arena en las orejas. La arena en el culo. La arena en la boca. Llegar a la playa reventaos, cargadicos con la sombrilla, la colchoneta, las toallas, mi hermano, el cubico, la silla de mi hermano. Que se engancha la puta silla en la arena. Que noencuentro las chancletas. Que no encuentro a mi hermano. Que mi padre se ha ido al chiringito y no nos encuentra. Que me aburro de dar saltos en las olas porque llevo una semana dando saltos en las olas. Que me canso. Que no hay ducha y son las tres y nos tenemos que ir al hotel que está cerca, pero parece que esté en el quinto pino, y además huele a humedad, y no puedo respirar por la noche, y me quema la espalda, y me aburro de ver chiringitos, y estoy hasta el moño de pollo al ast. Y no tengo con quien jugar, y no hay nadie con quien hablar porque no conozco a nadie, y tampoco voy a hablar con quien no conozco, y me queda mal el bañador porque estoy gorda.
Y es que yo no estoy gordita. Soy gordita. Siempre he tenido barriguita. Ahora no me importa nada, pero con catorce años sí me importaba. Y en la playa, con mi bañador verde fosforeta de cucuruchitos negros no tenía rival.
La playa para mi no ha sido lo que se ve en los vigilantes de la playa. Por eso disfruto tanto de mis tardes en mi casa, fresquica y relajada, disfrutando de mi tiempo.  
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