Desarrollo sostenible, urbanismo insostenible y obesidad infantil


Ahora los niños están gordos. Lo dicen los estudios, pero no hace falta ser un lince para darse cuenta.
¿todos los niños están gordos? No, no todos. Los niños que yo veo pasar por mi pueblo no lo están. La razón, creo yo, es evidente: ellos comen las mismas guarradas que todos los demás PERO se pasan el día corriendo o en bici del colegio al polideportivo, del poli a la plaza, de la plaza a la piscina. Como toda la vida se había hecho hasta que las ciudades se hicieron tan grandes, tan poco manejables, tan inseguras, que la movilidad de los niños pasó a ser un lujo de los pueblos.
Me río yo cuando se insiste en los medios de comunicación sobre la necesidad de controlar la alimentación de los niños. Y que hagan ejercicio. ¿cuándo hace ejercicio un niño? ¿martes y jueves de seis a siete? Ja, Ja, Ja. Los niños deben jugar. Y deben jugar en la calle. Así es como hacen ejercicio, así es como adquieren autonomía, así es como se desarrollan. Pero ahora nuestro urbanismo insostenible mete a los niños en jaulas de tiempo y cemento.
Yo no sé qué hace mi hijo cuando se va de casa. Perrerías. Ése es un lujo que disfrutamos quienes vivimos en un pueblo. Y por ahí deberían ir las políticas contra la obesidad infantil: la clave no está en la hamburguesa, sino en el urbanismo que determina nuestras actividades, nuestro uso del tiempo, nuestras relaciones, nuestros miedos.
Mientras los niños se engordan y el precio de la vivienda crece, las grandes ciudades se hacen más grandes y España se convierte en un páramo, un desierto en el que relucen amontonamientos de personas y coches, atascos, humo. Y los que vivimos en un pueblo miramos atónitos cómo se gastan los recursos públicos en equipar ciudades que no existían. Sería mucho más barato equipar y comunicar adecuadamente los núcleos que ya están habitados, para que no tuviéramos que marcharnos de aquí a ciudades dormitorio.
Una vez leí que la ciudad sostenible era un núcleo de siete a diez mil personas, caminable. O sea, un pueblo. Pues vaya discurrimiento. Hala, tomen nota los de la Agenda 21.
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