Para romper las cadenas primero hay que encontrarlas


Para romper las cadenas primero hay que encontrarlas. Pero están.
Todas las mujeres que me rodean, y son muchas, están permanentemente a régimen. Yo también lo he estado, debo confesarlo, y he llegado a pagar dinero para que un médico me dijera que si como chorizo me engordo.
Ahí fue cuando toqué fondo.
Una vez a la semana iba a visitar a un señor muy amable. Me desnudaba, me ponía una batita verde ridícula, me pesaba, me medía las lorzas y me tumbaba en una camilla para que me inyectara algo (¿?) que me ayudaría a quemar mis grasas. Después me regañaba con indulgencia porque no había perdido los gramos suficientes. Y son cincuenta. Euros, no gramos.
Me sentía infantilmente feliz porque por fin iba a desaparecer esa tripita que me acompaña desde que nací. Y un buen día, después de unas cuantas (bastantes) sesiones, me doy cuenta de que peso prácticamente lo mismo, y de que me importa una mierda lo que pese.
¿Por qué llegué a esa conclusión, os preguntaréis? Porque de pronto me vi a mi misma como una escolar pillada en falta por haberse olvidado los libros. Y me inundaron las preguntas ¿Por qué tengo que sentir vergüenza si como chocolate? ¿Por qué me tengo que justificar si como un delicioso trozo de queso? ¿Por qué tengo que dedicar más esfuerzo mental a la comida que a los problemas de la vida?
Y de ahí pasé a otros interrogantes más genéricos. ¿Qué nos pasa a las mujeres? Nos han dado formación, autonomía, responsabilidades, … pero nos siguen sometiendo. Antes necesitaban mujeres-madre y ahora quieren mujeres-niña. Mujeres de cuerpo eternamente adolescente, en ropas absurdamente adolescentes, y absurdamente atormentadas porque damos demasiada talla. Todas. ¿Todas pesamos demasiado, o es que el modelo pesa demasiado poco?
Detras de esto viene el merchandising: revistas con regímenes para adelgazar. Cocacola light, yogures de soja, cremas anticelulíticas, serum contra las patas de gallo. Trucos y consejos. Todo, todo, todo está dirigido en el mismo sentido, que es precisamente el que no tiene ningún sentido.
Es el mismo martirio al que se sometían las chinas para reducir sus pies. Ellas renunciaban a caminar. Nosotras, también.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s