del amor, la amistad y otros asuntos banales


Mi amiga me cuenta que está hecha polvo porque se encuentra en un grave dilema: no sabe si está o no enamorada, y por tanto no sabe si seguir o no adelante con una relación incipiente.
Nos desplazamos en comité de crisis a su casa y empezamos a hablar. Y a medida que nos explica cómo se siente, a qué tiene miedo, qué le gusta de su vida y qué opina de su ligue, me doy cuenta de que entre ella y yo se ha creado un abismo y que compartimos mucho menos de lo que yo creía. De hecho, ya lo intuía pero esto lo ha confirmado totalmente.
Ella cree que lo que nos separa es mi pareja, o mejor dicho, que yo he cambiado "por culpa" de él. Es así, en cierto modo. Es un cambio traído por mi pareja, mis hijos, mi maduración interior, mi trabajo, mis amigos, mis experiencias… por la vida. Es un cambio que yo llamaría de ser "hija de" a ser "yo", y es algo de lo que estoy muy satisfecha porque trajo consigo una verdadera liberación.
Creo que mi amiga todavía está en la fase "hija de". Con una grave confusión sobre lo que supone romper esas ataduras, que no implican necesariamente tener una pareja aunque no estaría nada mal que probara. Pero no podrá, porque el vértigo se le ha apoderado.
Estoy apenada, la verdad. No sé cómo hacer. La miro en la distancia y la reconozco tal como era a los dieciocho. Y con graves prejuicios sobre aspectos tan trascendentales en la vida como los colorantes alimentarios o los microondas.
En fin, Serafín.
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