Mi familia es peculiar.


El otro día me tomé un café con uno de mis tíos. Antes de echarme el azúcar al café ya me había explicado que estamos viviendo un periodo de globalización y cambio climático fruto del retorno del espíritu de María Magdalena. Yo revolví mi café sin cambiar el gesto porque ya estoy acostumbrada, pero si lo piensas friamente es bastante impactante. Luego me explicó otras cosas, como por ejemplo que Dios está en todo y lo es todo, y todo se explica por él (hasta aquí, es cuestión de fe, una discusión secular sobre la existencia o inexistencia de Dios). Pero la Iglesia Católica es una secta destructiva que se ceba precisamente en sus seguidores más fieles: los curas y frailes. (hasta aquí, también de acuerdo). Y yo le pregunté, ¿por qué sigues entonces siendo fraile? Y él me dio dos razones. Una, poderosa para mi, es que entró en la congregación con once años y ahora, a sus sesenta y pico, ya no sabría dónde ir, ni cómo ganarse la vida. Les privan de cualquier ingreso económico, les privan de su sexualidad, les privan de su libertad de pensamiento y expresión, y les dicen que no hay mayor alegría que dedicar su vida a Dios. Es una secta, ¿no? En este punto comencé a ver a mi tío desde otro punto de vista, desconocido hasta entonces para mi. Y justo cuando iba a dar el último sorbo de mi café, me explicó la segunda razón por la que sigue siendo fraile: porque él, en otra vida anterior, fue alguien muy importante que ayudó a crear su comunidad. Ahora Dios le había dado una segunda oportunidad para que colaborara a destruir lo que había creado, porque era una institución perversa. Y su mejor modo era desde dentro, incluso en silencio, porque si no hay comunidad de pensamiento no fructifican los proyectos comunes.
A partir de ahí nos enzarzamos en una discusión para mi muy entretenida no sobre la existencia de Dios o sobre la Iglesia, sino sobre si se puede sostener una postura simplemente tachando de ridículos los argumentos del contrario, o asumiendo que sus conocimientos o sus reflexiones sobre el tema son, sin necesidad de mayor demostración, insuficientes.
Yo tengo varias conclusiones. La primera es que mi familia es muy peculiar (algunos dirán que necesitamos un psiquiatra en plantilla). La segunda es que mis tíos son muy inteligentes, muy cultos y muy ocurrentes, pero tan presuntuosos, fatuos y pagados de sus conocimientos, tan egoístas, que resultan ridículos a los demás. Y la tercera es que la iglesia católica ha devorado las mentes de mi familia hasta un extremo que yo no apreciaba.
En mi familia materna, se ha mantenido la separación de tareas de la edad Media: los nobles, el clero y la plebe. Los nobles son despreciables porque sí, pero están demasiado lejanos para considerarlos. Y la plebe es despreciable porque es inculta, embrutecida y además trabaja. Así que seamos todos clero, y dediquémonos a la oración, la música, las artes y la vida contemplativa, que es lo único que tiene algún valor. Todo lo demás, chusma y plebe, mezquinos ridículos que no entienden nada.
Lamentable, ¿no? Todo, en su conjunto, es lamentable. Mientras mi madre estaba al borde de la muerte, hubo hermanos que se marcharon del hospital porque tenían que tocar el órgano en la misa de ocho.
Muy triste.
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