respeto


Yo soy atea. Por reflexión, por convicción y por sentimiento. El ateísmo es, en realidad, una religión (la no-religión), porque también se basa en un acto de fe, en una premisa que no tiene demostración última. Aunque, como decían en la facultad, la carga de la prueba la tiene el que afirma, y no el que niega.
De mis convicciones no-religiosas se derivan mis principios, mi moral, mi percepción de la vida, la educación que doy a mis hijos, mi relación con los demás… Es decir, lo mismito que le pasa a un católico o a un judío. Por tanto, pido, exijo y ruego que se me trate como atea con el mismo respeto que las personas creyentes en dios piden para sí mismas.
Me parece indignante la ligereza con la que se asume que España es un país católico, y que todos somos católicos. No lo somos. Yo no lo soy. No pido explicaciones a los creyentes, pero tampoco quiero darlas yo. No cuestiono la utilidad de encender velas y colgar estampas, pero pido que tampoco se me cuestione por no hacerlo.
Creo que sería un excelente ejercicio mental para los creyentes practicantes (en mi entorno, católicos) el imaginarse en el lado contrario, sentir por un momento que viven en un país donde fueran minoría. Así entenderían, por ejemplo, que cortar las calles con procesiones, interrumpir el sueño con tamborradas y cohetes a medianoche, o contar con capellanes que pasan visita diaria a los enfermos en un hospital, son abusos de posición dominante, privilegios que difrutan sin ni siquiera ser conscientes de hasta qué punto resultan invasivos para los demás.
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